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A propósito de discursos

Hace dos días señalaba que la elocuencia de los discursos de Barak Obama y su enorme capacidad para inspirar con ellos, obliga al escuchante a confrontar esas palabras con las acciones que realice para trazar el sentido de su liderazgo.

Pensando en estos temas encontré el siguiente artículo de Charlotte Higgins (crítica literaria) que paso a reproducir por lo acertado de la coincidencia:

180px-m-t-ciceroLa retórica ciceroniana de Obama
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Los discursos de Obama son admirados por muchos, y analizados hasta la última coma, pero según Charlotte Higgins, uno de sus aspectos más interesantes es la enorme deuda contraída con la oratoria romana.

En la carrera electoral a la presidencia estadounidense, la revista digital Slate propuso una serie de definiciones para los “obamaísmos” [por la manera de hablar del presidente de los EE.UU.; con Bush hubo “bushismos”; N.T.] Una de ellas era: “Barócrates.- Oscuro filósofo griego, pionero del método de enseñar, según el cual las grandes cuestiones se plantean como interrogantes y luego se eluden.”

Pero había otros guiños en Barack Obama que aludían a la Grecia y Roma clásicas. Cuando aceptó la nominación del Partido Demócrata, lo hizo frente a un decorado de columnas dóricas. Los republicanos dijeron que le traicionaban sus delirios de grandeza: éste era el templo del cual Obama emergería como un semidiós griego. ([El humorista gráfico] Steve Bell también percibió el aire romano de esta imagen, y dibujó a Obama como emperador togado.) De hecho, el significado de aquellas columnas iba mucho más lejos de lo que creyeron los republicanos. Recordaban a la Casa Blanca, la cual, a su vez, sintetiza algunos de los rasgos visuales de la República romana, en la que se basa la Constitución estadounidense. Recordaban al Lincoln Memorial, frente al cual Martin Luther King pronunció su discurso “Tengo un sueño” (I have a dream), que a su vez, recuerda al monumento en el cual se inspira el Lincoln Memorial, el Partenón. Acercándonos, de ese modo, simbólicamente a Atenas, la cuna misma de la democracia.

Así se ha planteado la cosa: para entender los próximos cuatro años de política norteamericana, vamos a tener que entender algo de la política de la Grecia y Roma clásicas.

Ha habido muchos aspectos controvertidos en estas elecciones presidenciales, pero si una cosa está fuera de duda es la habilidad de Obama como orador, uno de los factores más importantes -quizás el más importante- en su victoria. La abrumadora cantidad de personas que acudían a verle hablar le colocan a mucha distancia de sus rivales. Recuérdese, una vez más, la política de la Atenas clásica, donde el discurso público a los votantes era el motor de la política, y donde el arte de la retórica maduró al paso de la democracia.

Obama se ha sacudido de encima la tendencia de los últimos presidentes -sin excluir a Bill Clinton- de rebajar el nivel intelectual de sus discursos. El libro de Elvin T. Lim,  The Anti-Intellectual Presidency: The Decline of Presidential Rhetoric from George Washington to George W Bush [La presidencia anti-intelectual: el declive de la retórica presidencial desde George Washington a George W. Bush] somete la oratoria presidencial a análisis estadístico. La conclusión a la que llega es que hace 100 años los discursos se daban a un nivel de lectura propio de un universitario. Ahora se dan a un nivel de secundaria [8th grade]. En contraste, los discursos de Obama resultan halagadores para su audiencia. Sus mejores discursos son hábiles creaciones literarias, ricas, como las columnas dóricas, en alusiones; su manera de expresarse evoca conscientemente frases de Lincoln y King, Woody Guthrie y Sam Cooke. Aunque tiene guionistas que le escriben los discursos, buena parte del trabajo la realiza el propio Obama. (Jon Favreau, el joven de 27 años que encabeza el equipo de guionistas de Obama, ha declarado que su trabajo es como ser “el entrenador de bateo de Ted Williams”). James Wood, profesor de crítica literaria en Harvard, ya ha realizado una atenta lectura de su discurso de victoria electoral para el New Yorker. ¿Alguien se imagina lo mismo con un discurso de George W. Bush?

En más de una ocasión, el adjetivo que se ha empleado para describir la habilidad oratoria de Obama es el de “ciceroniano”. Cicerón, el prominente político romano de los últimos tiempos de la República, fue ciertamente el mayor orador de su época, y uno de los mayores de toda la historia. Un acérrimo defensor de la constitución republicana cuya crítica de Marco Antonio condujo a su asesinato en el año 43 a.d.n. E.

Durante la República romana (y en la Atenas clásica) la política no era otra cosa que oratoria. En Atenas, cuestiones como declarar o no la guerra a un estado enemigo eran decididas por el electorado al completo (aunque, todo sea dicho, muchos ni se molestaban en participar) en un debate abierto. La oratoria era la habilidad política por excelencia, de cuya maestría dependía el poder. Resulta poco sorprendente, pues, que la oratoria fuese rigurosamente analizada y su estudio, organizado en grado sumo. Los griegos y los romanos, en resumen, conocían todos los recursos retóricos, y dieron nombre a la mayoría de ellos.

Y resulta que Obama también los conoce. Una de las técnicas de Cicerón más conocidas es su uso de series de tres para destacar las tesis de su discurso: el tricolon. (El ejemplo más famoso de tricolon latino no es de Cicerón, sino de César: “Veni, vidi, vici” -Llegué, vi, vencí-). Obama utiliza libremente el tricolon. Un ejemplo: “Esta noche, nos reunimos para afirmar la grandeza de nuestra nación, no por la altura de nuestros rascacielos, ni por el poder de nuestro ejército, ni por las dimensiones de nuestra economía…” En este pasaje, de su discurso en la convención demócrata del 2004, Obama también usa la técnica del praeterito: atraer la atención sobre un tema por la vía de eludirlo. (Deja de lado la altura de los rascacielos en Norteamérica, etc., pero, en haciéndolo, nos recuerda su importancia.)

Uno de mis recursos favoritos de todos los que utiliza Obama es el uso de la frase “un joven predicador de Georgia”, que empleó cuando aceptó la nominación demócrata en agosto, sin nombrar a Martin Luther King. El nombre para esta técnica es el de antonomasia. Un ejemplo de Cicerón es la manera en que se refiere a Fénix, el mentor de Aquiles en La Ilíada, como “senior magister” (el viejo profesor). En ambos casos, se establece una intimidad entre el orador y el auditorio, la halagadora idea de que todos sabemos de qué estamos hablando sin que nadie tenga que explicarlo. Humaniza el carácter: King no era entonces sino un hombre joven. Mencionando Georgia localiza la referencia. A Obama le gusta nombrar los lugares de Norteamérica para dar impulso a su retórica, como en su discurso del 4 de noviembre: “Nuestra campaña… empezó en los patios traseros de Des Moines y las salas de estar de Concord y los porches de Charleston”, lo cual, por supuesto, es otro tricolon.

Los recursos retóricos favoritos de Obama, según parece, son la anáfora y la epífora. La anáfora es la repetición de una misma expresión al comienzo de cada frase. Una vez más, en su discurso del 4 de noviembre: “Es la respuesta que nos dio el ensanchar los límites de nuestras escuelas… Es la respuesta de la que hablan los jóvenes y los viejos… Es la respuesta…” La epífora es lo mismo, pero al final de la frase. Del mismo discurso (y una vez más, un tricolon): “Vivió lo suficiente para verles luchar, hablar en defensa propia y conseguir el derecho a voto. Sí, podemos.” La frase “Sí, podemos” (Yes, we can) cerrará los siguientes cinco párrafos.

La repetición de ese “Sí, podemos” también podría recordar más al estilo de prédica pregunta-respuesta de la iglesia norteamericana que al de la retórica clásica. Y, por descontado, Obama recibió la influencia en su día de congregaciones nutridas de predicadores enérgicos y efectivos. Pero James Davidson, profesor de historia clásica en la Universidad de Warwick, señala que este estilo de prédica se origina asimismo en la Grecia clásica. “La tradición de la oratoria clásica fue central en la iglesia en sus comienzos, cuando la retórica era una de las partes más importantes de la educación. A través de los sermones, la iglesia incorporó la tradición retórica de los clásicos. Los Estados Unidos la han preservado, señaladamente en la iglesia afroamericana.”

No solamente en los pormenores del perorar recuerda Obama a Cicerón. Como Cicerón, Obama es abogado. Como Cicerón, Obama es un escritor de enorme talento: Dreams From My Father, el primer libro de Obama, entrará seguramente en el cánon literario estadounidense. Como Cicerón, Obama es un “novus homo” (la frase latina significa “hombre nuevo”, en el sentido de hecho a sí mismo). Como Cicerón, Obama entró en la política sin apoyos familiares (a diferencia de Hillary Clinton) y sin historial militar (a diferencia de John McCain). La tradición romana dictaba que había que contar con ambas cosas. El talento que compensa esa carencia, y que también comparte Obama con Cicerón, según Catherine Steel, profesora de lenguas clásicas en la Universidad de Glasgow, es la habilidad para “crearse una genealogía de antepasados: pero no biológicos, sino intelectuales. Para Cicerón fueron Licinio, Craso, Escipión Emiliano y Catón el viejo. Para Obama, Lincoln, Roosevelt y King.”

Steel señala también cómo la oratoria de Obama se rige por el ideal tripartito delineado por Aristóteles, quien afirmó que la buena retórica debería consistir en una mezcla de páthos, lógos y éthos (emoción, discurso y carácter). En la proyección del éthos es donde Obama descolla particularmente. Considérese el siguiente pasaje, tan rotundo: “Soy hijo de un hombre negro de Kenya y de una mujer blanca de Kansas. Crecí con la ayuda de un abuelo blanco que sobrevivió a la Depresión para servir en las tropas de Patton durante la Segunda Guerra Mundial y de una abuela blanca que trabajó en una cadena de montaje de bombarderos en Fort Leavenworth mientras su marido estaba al otro lado del océano. He ido a algunas de las mejores escuelas de América, y he vivido en una de las naciones más pobres del mundo.” Consigue transmitir la sensación de que no solamente será capaz de revitalizar el sueño americano, sino de que él mismo personifica -de hecho, en cierto sentido, es- el sueño americano.

En inglés [y, de manera parecida, también en castellano, N.T.], cuando empleamos la palabra “retórica”, por lo general va precedida de la palabra “vacía”. La retórica tiene mala reputación. McCain advirtió de que el electorado “podría verse engañado por una elocuente, pero vacía, llamada al cambio.” Agudamente, Clinton hizo notar que “la campaña se hace en verso, pero se gobierna en prosa.” Los atenienses también conocían los peligros de que la muchedumbre se dejase arrastrar por un demagogo (ellos inventaron la palabra) persuasivo pero sin escrúpulos. Y fue el político romano Catón -podría haber sido McCain- quien dijo lo de “Rem tene, verba sequentur”: a quien se atiene a los hechos, flúyenle las palabras.

Cicerón era muy consciente de eso. En su libro De oratore argumenta que la verdadera elocuencia sólo puede conseguirse si el orador ha conseguido el más alto nivel de conocimiento, “de otro modo, lo que diga sólo será verborrea, huera y ridícula filigrana”. El verdadero orador es quien guía con un ideal cívico su práctica ciudadana, y cuya retórica, lejos de ser vacía, es deliberada, racional, capaz de organizar minuciosamente las ideas y los argumentos para hacer progresar al estado de manera sabia y segura. También está claro lo que Obama trata de expresar: su proyecto es unir la retórica, el pensamiento y la acción en un nuevo tipo de política que evite un bipartidismo estrecho. ¿Pueden convertirse las palabras de Obama en hechos? La presidencia de George W. Bush nos proporcionó todas las pruebas de que un hombre que tiene serios problemas para manejar las preposiciones, los tendrá también para gobernar la nación. Sólo nos cabe esperar que la presidencia de Obama sea todo lo contrario.

Charlotte Higgins escribe crítica literaria en el diario británico The Guardian. Su último libro es It’s All Greek To Me: From Homer to the Hippocratic Oath, How Ancient Greece Has Shaped Our World (Short Books).

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero