Asamblea general ONU

El discurso de Miguel d’Escoto fue emocionante y valiente.  Hizo un claro llamado a la acción.  Desde el humanismo cristiano animó a que nos reconozcamos en los ojos del prójimo para que los responsables de los Estados hagan suyo el mandato de los “pueblos” establecido en la Carta fundacional y encaren los retos que la injusta y difícil situación actual les demanda.  La democratización de la organización es un imperativo.

Lamentable que el “ritual” de la Asamblea no permita que los discursos de los jefes de Estado sean producto del trabajo y las conclusiones de las reuniones de alto nivel, en los que se presente el consenso,  las conclusiones y un plan de acción.  Por el contrario, envueltos en un protocolo decimonónico cada uno presenta su particular y muy restringido punto de vista a la sazón de los intereses que la política interna le demande.

Diálogo de sordos.

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