Alternativas II

En el número 57 de la Revista Número (excelente publicación), hay un ensayo de William Ospina en el que hace una serie de reflexiones sobre la pobreza y la riqueza que me parece conveniente difundir, en momentos en los que el seísmo financiero puede ayudar a que los ciudadanos intentemos avanzar en la construcción de un orden democrático.  La plutocracia de Wall Street no lo va a poner fácil.  Es hora de conectarse para actuar.

Este es el artículo:

LA RIQUEZA ESCONDIDA

Hace unos cuatro años tuve la oportunidad de visitar la India. Ya de regreso, alguien me preguntó si no me había impresionado mucho la pobreza, y no pude recordar si había visto pobres en la India. Por supuesto, vi innumerables personas que carecen de muchas cosas, pero me pareció que no había pobreza en los términos en que nosotros la conocemos aquí. Hay mendigos, hay incluso personas que pertenecen a la casta de los intocables, que son discriminados por los demás y sólo pueden ejercer los oficios más humildes. Pero por el curioso orden mental que allá impera, no hay nadie que esté despojado de un lugar en el cosmos, todo el mundo tiene una explicación filosófica y trascendental sobre su situación, y entiende o cree entender el puesto que le ha tocado en el universo. Tal vez por eso pocos se rebelan contra su situación. Al cabo de un determinado número de reencarnaciones tendrán aquello de lo que ahora carecen, o mejor aún, acaso logren escapar a la rueda de las transmigraciones e ingresar felizmente en la nada, volver a la danza de los elementos.

Es difícil reconocer nuestra pobreza desamparada de rituales y de pensamiento, ávida, resignada o violenta, en un país como la India, donde la pobreza puede ser también una filosofía y casi una religión. En un sentido muy similar al de Diógenes de Sínope, el más inquietante de los filósofos griegos de la época clásica, que decidió renunciar a toda posesión material y vivir de la generosidad pública; y el de Jesucristo, quien no sólo practicaba la pobreza sino que la predicaba: «Mirad los lirios del campo y las aves del cielo, que no trabajan ni hilan, y ni Salomón con toda su pompa vistió como ellos», en la India existe una clase de seres humanos a los que llaman santos, que viven de renunciar a las cosas del mundo, y que se van por los caminos a disfrutar de la curiosa opulencia de no tener nada. Supongo que en ese mismo sentido puede hablarse de la pobreza de Francisco de Asís, quien después de Diógenes y sus cínicos, y de Cristo y sus pobres pescadores, fue el primero en Occidente en predicar otra vez la pobreza como un camino espiritual, como una forma de la perfección. Y supongo que también con ese espíritu filosófico puede entenderse a Nietzsche cuando exclama: «Bienaventurada sea la pequeña pobreza».

Pero suena fácil y cínico hablar de la pobreza como algo deseable cuando uno tiene lo que necesita. Cualquiera de nosotros sabe que la pobreza vivida como una opción de los que todo lo tienen se parece a esos pantalones que se compran ya rotos y curtidos a altos precios, como una coquetería momentánea de la opulencia, y es una burla a la verdadera pobreza, esa que tirita de frío sin remedio en los suburbios de nuestras ciudades, que aparta las piedras filosas que ponen los poderosos bajo los puentes para que ningún destechado duerma a su amparo, y que mira a sus hijos desnutridos y desdentados con ojos de angustia sin esperanza.

¿Tenían alguna razón aquellos sabios en predicar la pobreza? Y al hacerlo, ¿a qué clase de pobreza se referían? Yo creo que la sociedad moderna, y nuestra sociedad en particular, viven una violenta confusión con respecto a las ideas de riqueza y pobreza. Supongo que podemos dejar de lado por un momento las ideas de indigencia, de miseria extrema y de mendicidad, que son ciertamente hechos escandalosos a los que nadie puede reivindicar como virtudes, y detenernos en una idea de pobreza concebida como lo contrario de la opulencia y de la ostentación. «No acumules oro en la tierra —escribió Borges no hace muchos años— porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y el tedio». Allí está manifiesta la idea de que no se trata de optar por la privación, por la miseria y la carencia de todo, como en el caso extremo y voluntario de algunos filósofos cínicos, sino de rechazar la prédica de la opulencia que tiende a llenar esta época y que en realidad es una forma de la vulgaridad y de la desdicha.

Es muy difícil, sobre todo en nuestro país, que alguien acepte la tesis de que la pobreza tiene alguna virtud. La frase en la que Cristo cifró su vocación filosófica con respecto a este punto, en su admirable poema al padre: «Danos hoy nuestro pan de cada día» es repetida por todos, pero no induce a nadie a dejar de pensar en el futuro. Todo el que va a la iglesia y escucha la otra misteriosa frase de Cristo: «Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de los cielos», considera que debe guardar algún sentido secreto, porque no se puede dudar de la sabiduría del Dios, pero que seguramente no dice lo que parece decir. Nadie se atrevería a pensar que sea una frase demagógica, y muy pocos han renunciado a la búsqueda de la riqueza por obedecer esas frases, ni consideran que han dejado de ser cristianos por no hacerle caso al precepto.

En eso, muy posiblemente, tienen razón. Aquí no impera la sabiduría oriental, la doctrina de la trasmigración de las almas. Aquí impera la filosofía del presente absoluto, porque no tenemos memoria y casi no podemos creer en el futuro. La vida en estas tierras nos demuestra continuamente que sólo el que es rico tiene consideración, respeto, oportunidades, salud y posiblemente felicidad. Los delitos de los pobres padecen el peso de la ley de un modo infinitamente más severo que los crímenes de los ricos. Kid Pambelé, el legendario campeón de boxeo salido de la mayor pobreza y después restituido a ella, pronunció una frase que se hizo célebre: «Es mejor ser rico que pobre». A todos nos parecía una obra maestra de la obviedad, tan evidente, que resultaba divertido y memorable que alguien la hubiera pronunciado.

Tal vez nadie ha reflexionado tan profundamente sobre el tema de la ambición entre nosotros como Porfirio Barba Jacob. Él sabía que los seres humanos, o al menos los hijos de Occidente, arrastramos una oscura avidez, queremos siempre más, un poco más. Y escribió aquel poema que a todos conmueve: Le pedí un sublime canto que endulzara / mi rudo, monótono y áspero vivir, / él me dio una alondra de rima encantada, / ¡yo quería mil! / Le pedí un ejemplo del ritmo seguro / con que yo pudiese gobernar mi afán, / me dio un arroyuelo, murmullo nocturno, / ¡yo quería un mar! / Le pedí una hoguera de ardor nunca extinto / para que a mis sueños prestase calor, / me dio una luciérnaga de menguado brillo, / ¡yo quería un sol! / Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso / y el verdor edénico y el azul abril, / Oh sórdido guía del viaje nocturno, / ¡yo quiero morir!

Ese poema muestra al hombre que habla como un símbolo del ser que siempre querrá más de lo que se le da, habla de algo insaciable, de algo por siempre insatisfecho. Dice de nosotros lo que dijo Dante de la loba de su selva oscura: E dopo il pasto a piu famme qui prima. Y después de comer tiene más hambre que antes. Pero curiosamente Barba Jacob le hace exclamar al hombre, al final, que toda esa avidez de cosas enormes no es más que una máscara del deseo de morir. Quiero mil alondras y me dan sólo una, quiero un mar y me dan un arroyo, quiero un sol y me dan una luciérnaga, dice con desencanto. Un buen filósofo podría decirle al que habla: quien no es capaz de gozar de la dulzura del canto de una alondra no gozará de mil, quien no es capaz de gozar del ritmo de un arroyo no gozará de un mar, quien no es capaz de entibiar sus sueños con el brillo de una luciérnaga no podrá entibiarlos con un sol: la desmesura de la ambición es la máscara de una oscura desesperación. Alguna afinidad tiene el de Barba Jacob con aquel breve poema de William Butler Yeats: Queremos en invierno primavera / y en primavera el oro del verano / y cuando canta en luz la tierra entera / es el invierno el solo sueño humano / Nada más bello el corazón ansía / porque la primavera aún no se advierte / ignorando que aquello que nos guía / no es más que la esperanza de la muerte.

Recuerdo que en otra ocasión hablé de cómo nuestra sociedad no muestra en sus orígenes el caso de una multitud de pobres maltratados por unos cuantos ricos, sino más bien el caso anómalo de una multitud de ricos saqueados por unos cuantos pobres. Es evidente que en el siglo XVI los ricos eran los indígenas de América y los pobres eran los hambrientos y violentos hijos de una España todavía medieval. Y no digo que los indígenas fueran ricos sólo por su oro, aunque esa era la única riqueza que sabían ver los aventureros famélicos: eran ricos por la extraordinaria naturaleza en que vivían, y que estos cinco siglos de progreso han deteriorado de un modo alarmante, por su tipo de relación con el trabajo, por su tipo de relación con la divinidad, por su universo afectivo, social y mitológico. Los cronistas españoles llegaron a decir de los incas: ninguno es pobre aquí, ninguno es infeliz, ninguno carece de hogar, ninguno carece de trabajo en todo el vasto reino.

Un día le oí decir a una indígena nasa, en un diálogo en la oficina de Naciones Unidas: «Hay una diferencia entre ustedes y nosotros, nosotros no somos hijos de Dios, nosotros somos hijos del agua y de la estrella». Esa frase me conmovió, porque allí estaba cifrado el gran conflicto de la conquista de América: el choque entre unos pueblos para los que el mundo era sagrado, como para todos los panteístas, animistas y politeístas del planeta entero, incluidos los egipcios, los griegos y los romanos antiguos, y los pueblos de la Europa de la Edad Media, que ya sólo creían en la sacralidad del espíritu. Europa ha destruido su naturaleza porque sólo cree en la superioridad del espíritu humano; América, hasta hace cinco siglos, vivía todavía en un orden mítico en el cual eran sagrados, como en la India actual, los ríos y los bosques, los animales y las lluvias, la tierra y el cielo.

Aquí los ricos de entonces (llamémoslos así provisionalmente porque todo lenguaje es una convención), llenos de ingenuidad y de ritualidad y de oro, fueron despojados por los pobres, que venían de la peste negra, de la hambruna, de las eternas guerras de Europa, de la crueldad de las cruzadas, de la escasez en las aldeas pedregosas de Extremadura. Pero sabemos que el oro robado a los pueblos nativos de América no hizo la riqueza de España. Algunos piensan que en cambio sí hizo la riqueza del resto de Europa, porque propició lo que Marx llamaba la acumulación originaria del capital, que permitió imponer sobre el planeta la sociedad mercantil, construir las hermosas ciudades de Europa y fundar el capitalismo moderno.

Pero tal vez el triunfo del capitalismo, al que solemos identificar con la riqueza, si bien supuso grandes avances técnicos y científicos para un sector importante de la humanidad, también ha ido llevando a un asombroso y creciente empobrecimiento del mundo. Antes la humanidad, a despecho de sus guerras y de sus tiranías, vivía en el planeta, si hemos de creerles a la literatura, a la pintura y a la tradición de todos los pueblos. Si hemos de creerles a los cuadros de Brueghel. Ahora vive confinada en gigantescos termiteros donde crecen día tras día el estruendo, la neurosis, la violencia y la creciente exaltación de unos dueños del mundo sobre una humanidad que ya tiene que pagar por cada cosa. La humanidad vivió del agua natural durante siglos: ahora nos hacen creer que si no compramos agua embotellada cada día la civilización se derrumbará como un castillo de naipes. Y lo peor es que tienen razón, porque la industria que nos vende el agua embotellada es la misma que ha envenenado los manantiales. La humanidad vivió de construir sus moradas, de desarrollar sus oficios, de preparar sus alimentos, de practicar sus rituales, de celebrar sus fiestas heredadas de la tradición: ahora nos hacen creer que la vida es cuestión de expertos y de especialistas, que no tenemos un saber sobre nuestra vida; y al mismo tiempo, destituidos de saber propio, estamos en manos de inmobiliarias que no siempre saben construir, de fábricas que no siempre saben diseñar, de factorías capaces de vendernos alimentos mortíferos, de nuevas religiones mediáticas que a menudo no son más que gigantescos negocios, que no enseñan como Cristo a rezar, sino que apenas enseñan a vociferar sin pensamiento y a enajenar las emociones, cuando no a disolverse en ritos unánimes, en manos de una industria del espectáculo que no consulta el corazón de nadie para decidir qué fiesta hay que hacer, porque sólo necesita uniformar a la humanidad en un lucrativo frenesí de autómatas.

Basta que algo sea nuevo para que nos sea vendido como progreso. Un progreso los vasos plásticos hasta para servir bebidas calientes, un progreso la fealdad y la falta de gracia de tantos objetos que invaden el mundo, un progreso saber cada vez menos de nuestro cuerpo, necesitar para todo de un especialista, un progreso renunciar a la noche, a la ausencia, a la soledad, a la vida privada, al esfuerzo, al mérito, a la búsqueda, a la creación, y perdernos cada vez más en la dependencia, en el día artificial, en una avalancha de artefactos que devoran la más indispensable soledad, en la negación interminable de nuestra privacidad ante los reflectores y las cámaras y los tiovivos de la información y de la llamada comunicación. Un progreso confundir la pedagogía con la provisión de datos y esquemas sin contexto, cambiar la sabiduría por el mero conocimiento y el conocimiento por la mera información. Un progreso vernos liberados del esfuerzo, que a menudo era el único instrumento que teníamos para aprender a valorar lo que alcanzamos. Un progreso la satisfacción estandarizada de necesidades personales, para que todo lo singular se borre en el carnaval de un mercado que no ve seres humanos sino estratos socioeconómicos, géneros, edades, manías y preferencias gastronómicas o sexuales.

Es verdad que la democracia se ha convertido ya, como decía un poeta, en «ese curioso abuso de la estadística». Es verdad que, como decía Chesterton, ya la estadística está empeñada en demostrarnos «que diez mil horribles desapariciones del universo físico pueden ser despachadas y archivadas simplemente como la mortalidad de un distrito». Recibimos las cosas sin saber cómo las recibimos, consumimos alimentos de cuyo origen sabemos tan poco como del destino final de sus propios desechos, y esta provisión incesante de objetos, de información trivializada y de espectáculos es tan poco ponderada y tan poco interferida por nosotros que va haciendo nuestra presencia en el mundo cada vez más insignificante. La mente que diseña todas estas cosas estudia bien nuestra psicología y aprovecha esa volubilidad y esa avidez para darnos más necesidades, otros deseos, y procurar que, como la loba del infierno, después de comer tengamos más hambre que antes.

Debo aclarar que yo creo en el poder civilizatorio de la invención de nuevas necesidades. Creo que el arte no ha hecho otra cosa a lo largo del tiempo que refinar nuestra percepción, depurar nuestra sensibilidad, hacernos más capaces de percibir, de disfrutar, de conocer, de valorar los dones del mundo. Pero otra cosa es la vocación del mercado por estimular en nosotros no la sed de refinamiento y de depuración de nuestro vivir sino los apetitos, incluso los más destructivos. Obesidad y anorexia, la manía del juego y la adicción a las drogas; la adicción, que escandalizaría a Cristo, al trabajo; la adicción al consumo inmotivado e inercial, los infinitos mecanismos de la seducción y de la imposición para hacernos cada vez más dependientes. Eso es lo que puede alarmarnos del modelo.

Creo que el futuro tendrá que vivir otra vez una profunda alteración de los conceptos de riqueza y pobreza, a medida que los seres humanos vayan comprendiendo los errores de esta sociedad de consumo, que cifra la supuesta felicidad de los individuos y de las muchedumbres en una ilusoria opulencia, cada vez menos posible para las inmensas mayorías, y cada vez más onerosa para el mundo por su capacidad de consumir materia planetaria de un modo irreflexivo y de saquear la naturaleza. Ese imperativo de comprar todos los bienes que surte la industria, esa condena, que no es una fatalidad de la especie sino una estrategia del modelo económico, a vivir lejos del mundo natural, sumergidos en un reino de humo y de estruendo, avasallados por la prisa, con los nervios alterados por la intranquilidad, confinados en colonias humanas que tienen el abigarramiento pero carecen del orden de los termiteros, es algo difícilmente calificable como riqueza en términos filosóficos, éticos y, sobre todo, estéticos.

Ya mucha gente prefiere concebir una vida más lenta, más sencilla, menos frenética, menos sujeta a presiones externas. Un mundo donde los organismos no estén tan sometidos a los mecanismos. Volver a tener vida privada, volver a una idea de individuo distinta de la que predica la modernidad, que parece poner el énfasis sobre los derechos y los placeres individuales, pero vive prodigando estereotipos en los que todos tenemos que caber como en engañosos lechos de Procusto.

Quizá el énfasis de los seres humanos en lo individual se deba a la poca importancia que el universo parece conceder al individuo. La naturaleza cuida de las especies pero no se apiada de los individuos: prodiga las simientes para que las especies no perezcan, pero a los individuos los abandona a la disgregación. Nuestra especie, a lo largo de la historia, construyó sus civilizaciones sobre la búsqueda de memoria, de alivio, de belleza, incluso de la ilusión de la inmortalidad. Hacía cosas para que duraran: tumbas, moradas, muebles, objetos preciosos y exquisitos que no sólo hicieran grata la vida, sino que permanecieran después de sus hacedores y dieran testimonio de ellos a las generaciones futuras. La nuestra es, por el contrario, la época de la obsolescencia. Está enamorada de la fugacidad, de la prisa, de la obliteración de los valores. Donde hubo tradiciones hay rupturas, donde hubo costumbres hay modas, donde hubo culto por lo individual todo se masifica. No es que se busque construir comunidades, que suponen redes de afectos, creación compartida, rituales ennoblecedores de la vida en sociedad, tejidos de solidaridad, sino más bien vastos hormigueros de solitarios, muchedumbres paradójicamente hundidas en el aislamiento y en esa desesperación que Poe describía en su relato «El hombre de las multitudes». Hay que ver la película Babel, de Alejandro González, para sentir la soledad de la época, de los jóvenes en esas discotecas japonesas, bajo el frenesí de los estrobos, la de los turistas por los países desconocidos, la de los habitantes del norte de África en sus pedregosos desiertos bajo el vuelo de los helicópteros, la soledad de los inmigrantes, la soledad de los niños en sus hogares norteamericanos, a cargo de una niñera extranjera que debe actuar como madre y no tiene ella misma un lugar en el mundo.

Hay momentos en que llegamos a sentir que todo el concepto de riqueza que maneja nuestra civilización moderna, una riqueza fundada en las cosas y en el consumo, va encubriendo en realidad una sima de pobreza humana casi indescriptible. Y que a menudo las principales víctimas de ese tipo de pobreza son los sectores sociales con capacidad de consumir, de seguir los dictados de la publicidad, las letanías de la industria, los mandamientos que proveen las pantallas de televisión, los programas de modas, los mil altavoces del capital que dictan su evanescente ley cada día.

Pero de los que no tienen capacidad de consumir no podemos afirmar que, por el contrario, vivan en una suerte de riqueza afectiva y creadora. La tiranía del consumo, la tiranía del confort, la prédica de la opulencia, hunden a las muchedumbres despojadas en la ilusión de ser más pobres que los otros, no en la insatisfacción del insaciable sino en el resentimiento de quien se siente desterrado del festín de la vida, o en la resignación de quien no se siente digno de ella. Por ello el concepto de pobreza que impone la sociedad de consumo es más nefasto que el concepto de pobreza que manejaron otras sociedades y otras épocas, no deja espacio para una plenitud del vivir como la soñaron Cristo o Francisco de Asís; es una espera impotente de lo que nunca llegará. Y es complementaria de la efectiva indigencia de los poderosos, que acceden al consumo pero están cada vez más despojados de iniciativa creadora, de capacidad de expresar su propia existencia, de preguntas sobre el mundo, de dudas sobre el destino de la civilización.

Pero en unos y en otros, la verdadera pobreza consiste en un bloqueo de la capacidad de las personas para dar todo aquello de lo que son capaces. Llamamos pobreza no a una incapacidad real sino a la mutilación obrada por el poder y por las convenciones de la época sobre las posibilidades de los individuos y de los pueblos, al hecho de vernos sometidos a unos roles estrechos y manipulados. A lo largo de todas las edades las grandes cosas que hizo la humanidad las hicieron los pueblos humildes. Incluso, si queremos decirlo así, los pueblos que hoy padecen el estigma de la marginalidad y de la ignorancia. Mucho antes de que existieran facultades de arquitectura, la humanidad construyó ciudades memorables. Mucho antes de que existieran facultades de medicina, la humanidad vivió en un mundo en muchos sentidos más saludable que éste: donde el agua era pura y el aire era limpio; donde no había que preguntarse si los alimentos tenían exceso de calorías, porque la tradición había resuelto esas preguntas, ni si los alimentos estaban manipulados genéticamente. Mucho antes de que existieran facultades de literatura, la memoria de los pueblos iletrados inventó los más bellos relatos y conservó los más exquisitos poemas.

¿Dónde estaba la pobreza entonces? No parece tan grave la pobreza de esos pueblos hebreos que confiaron a la memoria los libros de la Biblia: de la abundancia de su corazón hablan sus labios. Del seno de la turba ignara, de la cósmica chusma sagrada, como la llamaba Almafuerte, salieron todos los mitos de la antigüedad. Fue el pueblo quien inventó los oficios, quien pulió las lenguas, quien creó las costumbres, los carnavales, las tradiciones, quien descubrió la música y la danza, y quien encontró en su camino a los dioses. Pero hubo tiempos en los que esos pueblos creadores eran más conscientes de su riqueza y de su importancia, en tanto que hoy parecen aceptar con mayor docilidad la idea de que son invitados estériles a la fiesta del mundo, que su papel consiste en esperar la limosna de los poderosos, la ayuda de los estados, la asistencia de los que están instalados en el poder, en el saber, en la plenitud de la civilización.

Estamos profundamente equivocados. Los que danzan al ritmo de la sociedad de consumo, los que trabajan en sus bárbaros talleres, los que muelen en sus molinos, los que reman en sus galeras, los que viven sus años en el mundo entregados a una doble rutina de trabajo y consumo, lejos de toda duda, de toda iniciativa, de toda creación personal, tienen muy poco que darle al resto de la humanidad. Más bien están necesitando que llegue algo que les dé otra vez sentido verdadero a sus vidas. Y los pobres del mundo, no en el sentido de Diógenes o de Cristo o de Francisco de Asís, o de los santos de la India, que tienen el alma llena de dioses y la vida llena de memoria y de rituales, los pobres en el sentido de las agencias de cooperación internacional, los pobres en el sentido del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo, y de muchas oficinas de las Naciones Unidas, esos pobres que supuestamente se amontonan ante las puertas del futuro con las manos extendidas y los ojos apagados esperando la limosna que los redimirá, son los únicos que verdaderamente están hoy en condiciones de dar algo, de darle un vuelco al orden de la realidad.

El mundo está viviendo sin saberlo una honda necesidad de poesía como conciencia de la pluralidad de sentidos de que es capaz toda realidad. «¡Qué obra maestra es el hombre —decía Hamlet—, cuán grande por su razón, cuán infinito en facultades! En la expresividad de su lenguaje cuán parecido a un ángel; en su inteligencia qué semejante a un Dios. La maravilla del mundo, el arquetipo de los seres». La pobreza, como la concebimos hoy, consiste en reducir a los seres humanos, definidos por Shakespeare con tan altas palabras, a la vulgar condición de seres no viables, incapaces de consumo, despojados de las mercancías que hoy cifran el sentido de la existencia y el horizonte de la felicidad humana, desterrados con trampas del festín de la vida. Es su hora de luchar contra la mercancía como nombre de la civilización, justo ahora, cuando el modelo parece triunfar en todo el planeta de un modo irrestricto.

Hoy no parece que vayan a ser los estados, ni las filosofías, los que transformen este orden de cosas. El mal es tan grande que sólo se puede luchar contra él en los más pequeños escenarios. Al capitalismo, no como sistema económico, sino como parodia de un modelo de civilización, sólo se lo puede derrotar en el corazón de cada quien. Cada quien puede hacer renacer en su propia vida un ideal posible de civilización, esa utopía ética y estética que parece inalcanzable para el conjunto. Pues para que las cosas sean posibles para el mundo, basta que lleguen a ocurrirle a un solo ser humano. Un verso de Giorgos Seferis dice: La primera gota de lluvia mató al verano. Que en alguna parte caiga la primera gota de lluvia, y este verano de aridez espiritual estará condenado irremediablemente.

Hay suficiente acopio de saber universal para intentar otro modo de vivir. La clave de ello está en la alianza de la inteligencia con la necesidad de belleza, del sentido práctico con la capacidad de soñar. Hace siete años vi en Italia a un anciano que iba por los caminos, como en la antigüedad, rodeado de jóvenes que dialogaban con él sobre las cosas de todos los tiempos como si estuvieran en la Grecia de Sócrates. Hacían fiestas filosóficas por la noche en las afueras de Udine, a la sombra de los Alpes Dolomitas, y yo tuve la impresión, viéndolos, de que también Europa estaba hastiada de este simulacro de civilización y volvía a tener necesidad de diálogo y de errancia, de poesía y de filosofía. Recuerdo a la luz de una hoguera al viejo diciendo a sus amigos una frase de un pensador latino: «No me hablen oscuramente de las cosas claras, háblenme claramente de las cosas oscuras». Y aquel maestro me hizo pensar en Estanislao Zuleta, que en Cali, en el Valle del Cauca, se dedicó en lúcidos años al goce del arte de la conversación ante pequeños auditorios; vi en uno el reflejo del otro, y sentí como pocas veces antes que es verdad que ya estamos todos en la misma época y en el mismo planeta, y que eso no puede ser en beneficio de las corporaciones de la guerra o del ocio, sino tal vez en beneficio de la humanidad y del futuro.

Durante mucho tiempo la juventud de Occidente gastó sus energías conspirando grandes revoluciones violentas que se alzaban a derribar para siempre un orden que al otro día resucitaba intacto. Hoy sabemos un poco mejor que no se trata de cambiar alegremente todo, sino de cambiar de verdad cada cosa. Para cambiarlo todo basta un decreto, para cambiar cada cosa se necesita una vida. Una vida de pensamiento, de pasión, de consecuencia, de entregarse de verdad a la aplicación de las convicciones. El amor hay que inventarlo, decía Rimbaud, y esa es apenas una metáfora de la idea de que hay que inventarlo todo de nuevo. La educación, la moral, la estética, el trabajo, la visión que nos venden del mundo. Y para ello, no hay mejor aliado que el arte.

Yo me atrevo a afirmar que las verdaderas grandes transformaciones no vendrán de nuestra inteligencia, ni de nuestra voluntad, ni de nuestra acción, aunque todas esas virtudes pueden contribuir a su advenimiento. Vendrán, como los mayores mitos de la historia, del modo como todos esos sueños, esos ejercicios de la voluntad, esas obras de la belleza y del pensamiento fecunden el surco profundo que es la sensibilidad y la imaginación de las muchedumbres. Entonces todo nacerá por espejo y en enigma. Como buenos artistas podemos ser dueños de los procesos, pero no de los resultados. El poeta Auden dijo que un mercader sabe siempre qué objeto quiere fabricar, pero que un artista sólo sabe lo que busca cuando lo encuentra. Y si algo nos enseñaron las apasionadas, y a veces bienintencionadas, y a menudo violentas utopías del siglo XX, es que no podemos diseñar el futuro, que sólo nos es dado intentar modificaciones sobre el presente.

Exaltarnos en legisladores del porvenir es creer que la reja de nuestra voluntad puede dar libertad a humanos que desconocemos, a mundos que ignoramos. Sabe más nuestra intuición que nuestra razón, y la intuición dice que sólo el ideal de la libertad seguirá siendo válido. Necesitamos un mundo donde la fuerza de cada ser se despliegue, donde las instituciones sirvan más para propiciar la creación que para constreñir la voluntad.
Por lo demás, cada quien escoge su filosofía. Hay quienes asumieron desde siempre la tenebrosa filosofía que supone que el hombre es un lobo para el hombre y que las mejores soluciones son las cárceles, las guerras y los cadalsos. Yo prefiero creerles a Chesterton y a Whitman, que piensan que el orden cultural en que estamos inscritos puede hacer de nosotros lo mejor o lo peor. Y vuelvo a escuchar aquellas palabras de Estanislao Zuleta, llenas de confianza en el ser humano y de honda crítica a las inercias de la cultura: «El crimen es falta de patria para la acción, la perversidad es falta de patria para el deseo, la locura es falta de patria para la imaginación». Por eso ya no podemos hablar de la pobreza sino de la riqueza escondida; no de pueblos pobres, sino de los pueblos a los que no se les permite mostrar todo aquello que poseen, todo lo que están en condiciones de crear con un poco de dignidad y de fe.

No son los poderosos los que redimirán a los desposeídos. Y fue Barba Jacob quien acuñó una filosofía más paradójica pero más verdadera. No dijo: «Que mi debilidad se apoye en tu fortaleza». Dijo, con la plenitud de la poesía: Apoya tu fatiga en mi fatiga que yo mi pena apoyaré en tu pena. La pobreza no es más que nuestra incapacidad de permitir que la riqueza descomunal de cada ser humano madure, y crezca, y se decida a transformar el mundo.

* Los enlaces y la negrita son mías.

** La imagen es de Pedro Ruíz

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