¿Queremos más de lo mismo?

Las campañas de lucha contra la pobreza, de forma general, tienen buena aceptación.  Los promotores son bien recibidos y los donantes creen que realizan una acción altruísta.  En resumen, todos quedamos de maravilla y con la sensación de que somos fantásticos.

La cosa cambia cuando el enfoque de lucha contra la pobreza profundiza en la lógica del sistema en que vivimos y plantea agudas críticas que llevarían a modificar en gran medida la acumulación de riqueza como condición sine qua non para alcanzar el justo objetivo de esta lucha.

Es paradójico observar cómo fluyen recursos y se comprometen personalidades relevantes a la hora de demandar más “dinero” para acabar con la pobreza, a través de campañas publicitarias.  Esta lógica propia del sistema en el que vivimos en realidad nos lleva al inmovilismo.  Queremos acabar con lo “feo” pero sin afectar el fin último del sistema: el control del lucro.

Otra arista del problema radica en la poquísima eficiencia energética del sistema.  Hemos elevado a la categoría de necesario lo superfluo, dejando la potencia creativa al servicio de la publicidad de productos o servicios. En consecuencia hemos construido un sistema que solo se mueve por la rentabilidad, desterrando a todos aquellos que anteponen como motivación la justicia social, el progreso, la homeostasis.  Esos son idealistas o hippies o directamente tontos.

Es fácil encontrar campañas que te dicen que consumas más de determinada marca y que eso ayuda a la lucha contra la pobreza, a través de “donativos” que la empresa hará a determinadas actividades en función de sus resultados de ventas.  Este es el modelo simplificado que Bill Gates (ahora filántropo hasta la médula) llamaba capitalismo creativo como lo expuso, en Davos, en el World Economic Forum.

Esta crisis del modelo de globalización financiera es solo la punta de iceberg de los graves problemas enérgéticos y de degración ambiental (acceso al agua, al aire, a la movilidad) que sin duda amenazan nuestra vida en el planeta. El sistema no necesita de reformistas y de reformitas.  Se requiere utilizar el poder de los valores concensuados (DDHH) como fuente de parámetros para la elaboración de un modelo más creativo, más complejo, más humano.

Por estos días cuando con grandilocuencia se leen titulares como: Los 27 impulsan una cumbre internacional para refundar el sistema financiero, convendría recordar que el nuevo sistema debería contemplar en el análisis criterios ecológicos (es decir, económicos con mayúsculas), de comercio,de democracia tecnológica y fundamentalemente de política.

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