Las emociones que hacen ciencia

Mi amigo Darío Aramburo me hizo llegar el siguiente artículo de Enrique Margery Bertoglia que cito a continuación:

“Un caminante despreocupado salta al escuchar el ladrido feroz del perro que viene a su encuentro. Presa de una fuerte reacción emocional, su corazón palpita con fuerza, su respiración se acelera y su cuerpo experimenta una oleada de impulsos endocrinos, metabólicos, motores y sensoriales.

Por su etimología, la emoción es movimiento (del latín emovere : sacar de lugar o sacudir). Una serie de cambios se desatan en el ser humano y en el perro: la atención está concentrada en el otro y todo el cuerpo se prepara para la huida o el ataque. En ambos, la agitación aparece como una serie de mecanismos puestos en marcha al servicio de la supervivencia: su función es ayudar al organismo a seguir vivo.

Las emociones toman las “superautopistas” del cerebro y canalizan información prioritaria, y el cuerpo del caminante responde antes de que este tenga conciencia plena de la situación. Frente al perro, somos “secuestrados emocionalmente” por nuestra respuesta, a sabiendas de que una evaluación prolongada de la situación puede costarnos muy cara en una emergencia. Gracias al trabajo de eminentes neurocientíficos (Jerome Kagan, Candance Pert, Joseph LeDoux y la pareja formada por Hanna y Antonio Damasio), las emociones han pasado de ser la oveja negra de la familia cerebral a ocupar un lugar central de interés.

Sentir. La neurociencia se ha enfocado en la interacción fundamental entre cómo pensamos, sentimos y actuamos. Atrás quedó la idea de la emocionalidad como un componente voluble y errático que se debe reprimir en favor de la estabilidad y fiabilidad de la razón y la lógica.

LeDoux señala que las emociones se agrupan en seis expresiones universales: placer, miedo, ira, tristeza, disgusto y sorpresa. Empero, solo para el miedo y el placer han sido identificadas zonas específicas en el cerebro. Por esto, los estudios sobre amenazas y recompensas dominaran los primeros modelos biológicos del aprendizaje.

Las emociones son respuestas orgánicas automatizadas y ancladas en los circuitos más profundos del cerebro: la “piel de gallina”, el rubor, el “vacío en el estómago” y toda una serie de manifestaciones fisiológicas responden a cambios en la presión sanguínea, la respiración, la conductividad cutánea, el sistema gastrointestinal y la actividad eléctrica del cerebro.

Ahora bien, el ser humano está dotado de autorreflexión (la capacidad de pensar sobre sí mismo y sus circunstancias), y su reacción emocional va acompañada de una sensación consciente: aparece el sentimiento (del latín sentire : pensar, opinar o darse cuenta de algo). Así, un sentimiento es una “emoción consciente”, como ocurre al sujeto cuando, más allá de la reacción orgánica que lo electriza, nota que “siente miedo del perro”.

Para Antonio Damasio, las emociones son procesos biológicos que dependen de mecanismos cerebrales innatos, depositados por una larga historia evolutiva (una colección complicada de respuestas químicas y nerviosas). Por su parte, los sentimientos son respuestas culturales (preocupación, frustración, optimismo, etcétera), modificables en función del aprendizaje.

Tras su accidentado encuentro, el caminante y el perro huyen y cada uno sigue su camino. El perro encuentra a un trabajador sentado a la sombra de un árbol, comiendo un emparedado (el animal olfatea, merodea, mueve la cola y espera que le arrojen un mendrugo); el caminante distingue una feria a lo lejos y apura el paso alimentado por la curiosidad. Así, las emociones no sólo son esenciales para reaccionar ante las amenazas del entorno sino también son el impulso que nos alienta a encontrar cosas nuevas.

Historia. Hace más de 200 millones de años aparecen los mamíferos en la Tierra. Cubiertos de pelo y dotados de glándulas capaces de producir leche para alimentar a sus crías, su temperatura corporal y cerebral es constante e independiente de la temperatura del ambiente. A lo largo de millones de años, el tamaño de su cerebro aumenta y su cuerpo se yergue del suelo por el que arrastran la panza sus predecesores, los friolentos reptiles.

Un cerebro grande y un cuerpo ágil y erguido permiten a los mamíferos trascender las fronteras de sus ecosistemas y convertirse en viajeros, con una mirada curiosa puesta en el horizonte. Hace cientos de millones de años, el cerebro del mamífero primitivo ve nacer la chispa de la curiosidad, un componente de la conducta alimentado por los mecanismos de la emoción.

En nosotros, la curiosidad encuentra su forma más elevada: enciende la necesidad de explorar lo desconocido, de maravillarse al establecer conexiones entre las cosas y detectar patrones donde solo parece haber fenómenos dispersos.

Así, las emociones del placer y la sorpresa despiertan el sentimiento del querer conocer: el investigador paleolítico desmenuza y vuelve a armar, ensancha las fronteras de aquello que estudia y cada conocimiento abre nuevas interrogantes. La emoción es tanto la fuerza que impulsa su indagación como una promesa que lo espera junto al siguiente descubrimiento.

Jerome Kagan sostiene que “los racionalistas que están convencidos de que los sentimientos interfieren con las elecciones más adecuadas, se encuentran muy atrasados al respecto. Confiar solamente en la lógica, sin la capacidad de sentir llevaría a la mayoría de la gente a hacer muchas cosas estúpidas”.

Curiosos. Es bien sabido que ser capaces de explicar la necesidad de hacer algo, desde lo racional, no garantiza para nada que lo hagamos. Son las emociones las que dirigen la atención y ayudan a la razón a centrar la mente y fijar prioridades. Por esto, el biólogo chileno Humberto Maturana afirma que la emoción –no la razón– es lo que nos impulsa a la acción.

En la misma línea, Eric Jensen (autor de Cerebro y aprendizaje ) apunta que escuchamos a nuestro lado lógico y decimos: “Fija un objetivo”; pero nuestras pasiones son las que nos cargan con la energía requerida para actuar sobre ese objetivo. Por su parte, Antonio Damasio (autor del famoso libro El error de Descartes ) ilumina emocionalmente la máxima del filósofo francés, trocando su “pienso; por tanto, existo” por un “siento que pienso; por tanto, existo”.

Tal y como señala Charles Sherrington (premio Nobel de Medicina en 1932), la curiosidad y la pasión por comprender nos llevan a hacer ciencia, un hacer cuyo ingrediente básico es la emoción.

En 1990, un exultante Edward O. Wilson recibió el premio Crafoord ( “Nobel flotante” que se confiere en disciplinas que no se corresponden con las categorías del premio original). Ocho años después, el célebre biólogo norteamericano apuntaría en su libro Consilience : “Sin el estímulo y guía de la emoción, el pensamiento racional se enlentece y desintegra. Hay teoremas puros en matemáticas, pero no pensamientos puros que los descubran”.

Después de todo, somos mamíferos, es decir, viajeros curiosos, y la emoción es el soplo que saca chispas de nuestra curiosidad, nos empuja a conocer y nos vuelve científicos sentimentales.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s