¡Burbuja ecológica!

Los gobiernos del mundo andan de cabeza debido a la explosión de la burbuja del crédito financiero.  La ciudadanía ha comenzado a percibir la ruina del modelo y ve cómo lentamente se va transformando su estilo de vida, sin entender muy bien qué es lo que ha pasado.  Sin embargo, otra burbuja mucho más compleja tiene riesgo de explotar y son muy pocos los políticos que han hecho algo para tomar en serio esta amenaza real.  La burbuja de crédito ecológico.


El Informe Planeta Vivo 2008 muestra que más de tres cuartas partes de la población mundial vive en naciones que son deudores ecológicos, es decir, su consumo nacional ha sobrepasado la biocapacidad de su país. Por lo tanto, la mayoría de nosotros basamos nuestros estilos de vida actuales, y nuestro crecimiento económico, en la extracción (y cada vez más en la extracción excesiva) del capital ecológico de otras partes del mundo.

La buena noticia es que tenemos los medios para revertir la crisis del crédito ecológico. No es demasiado tarde para evitar que se presente una recesión ecológica irreversible. Sin embargo, este cambio de trayectoria requiere de de un cambio de paradigma en la forma de pensamiento.

Hasta ahora las recetas van de la mano del optimismo tecnológico.  La reciente confusión en las políticas alrededor de la promoción de los biocombustibles, ha puesto de manifiesto los compromisos e intereses que deben considerar quienes toman las decisiones al diseñar políticas o cambios estructurales que fomenten un patrón de desarrollo específico, evidenciando que más allá de un cambio de paradigma, hay una simple transformación de las formas de producción que no resisten un análisis de sostenibilidad.

Veamos un ejemplo: Los biocombustibles han sido identificados como una fuente energética valiosa por su versatilidad, porque son renovables y se supone que son neutrales en cuanto a sus emisiones de carbono. A diferencia de otras fuentes de energía renovable se les puede almacenar fácilmente para cuando sean necesarios y pueden sustituir los combustibles sólidos, líquidos y gaseosos. Se creía que, por ser combustibles renovables, resultaría en un ahorro de carbono significativo en comparación con los combustibles fósiles, ya que al quemarlos el dióxido de carbono liberado se recicla y se absorbe en el siguiente ciclo de cultivo. Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que la conversión de los bosques tropicales, los humedales, las sabanas o praderas en zonas productoras de biocombustibles a partir de cultivos alimenticios, puede generar de 17 a 420 veces más emisiones de carbono por año, de las que se suponían ahorradas con el remplazo de los combustibles fósiles por biocombustibles.
La deforestación y los cambios en el uso de la tierra actualmente dan cuenta del 20% de las emisiones anuales de dióxido de carbono, y es cada vez más claro que se requiere manejar este componente si se quiere evitar un peligroso cambio en el clima.

Aunque el manejo de la bioproductividad del Planeta podría ayudar a disminuir el déficit ecológico, esta práctica puede entrañar peligros. El aumento del área agrícola destruye ecosistemas que proporcionan servicios vitales tales como la regulación del suministro de agua, la polinización, la protección de las áreas de costa y el suministro sostenible de alimentos y fibras. Los recursos que constituyen la biocapacidad no son independientes unos de otros y no son fácilmente intercambiables; es decir, las ganancias en un área pueden ser contrarrestadas con pérdidas en otra.

De la misma manera, el aumento del rendimiento o de la intensidad de la producción agrícola y ganadera frecuentemente requiere el empleo de métodos intensivos en el uso de energía, los cuales están asociados a una mayor huella de carbono. El uso de altos niveles de fertilizantes y pesticidas provocan impactos de largo alcance en áreas situadas aguas abajo. Estos impactos van desde la contaminación hasta la pérdida de zonas pesqueras, haciendo daño tanto a la salud y al bienestar humano como a la biodiversidad.

El “enfoque ecosistémico” ha sido ampliamente reconocido e internacionalmente aceptado. El manejo sostenible del Planeta sólo se puede realizar dentro de las limitaciones de los ciclos y sistemas naturales, los cuales han evolucionado durante milenios. Se reconoce además que los ecosistemas son las unidades básicas dentro de las cuales tenemos que ser capaces de vivir. Para que el enfoque ecosistémico se aplique con éxito se requerirán nuevos tipos de colaboración y formas de asociación entre la sociedad civil, el sector privado y el gobierno:
■ Los gobiernos establecen las políticas y los marcos económicos dentro de los cuales deben vivir las personas y debe operar el sector privado; estos deben fomentar y recompensar la sostenibilidad, además de promover la estabilización de la población.
■ El sector privado debe comprometerse con el buen manejo del Planeta; debe comprometerse con el enfoque de “línea de base triple” para el éxito económico, social y ambiental; y debe proporcionar soluciones  las personas que les permita vivir de manera sostenible.
■ La sociedad civil debe ser consciente de estos retos, elegir gobiernos que establezcan políticas que beneficien sus  intereses a largo plazo y ejercer el derecho de elegir aquellos productos y alimentos que exijan y  favorezcan los métodos sostenibles de producción en el sector privado. La especie humana es excepcionalmente adepta tanto a crear como a resolver  problemas.

Para que el enfoque ecosistémico oriente los modos de pensamiento se requiere que la dominación de la racionalidad económica (esencia del capitalismo) sobre todas las otras formas de racionalidad, ceda y permita que la política de la civilización se abra camino. Cuando se asimile que la gestión de las empresas de manera económicamente racional (en busca del rendimiento máximo por unidad de capital fijo y circulante) no basta, sino que requiere de la relativización de este criterio a la luz de otros criterios de orden diferente, se habrá dado un gran paso.

Cuando estos criterios lleguen a ser predominantes en las decisiones públicas y las conductas individuales, cuando a la racionalidad económica se le asigne un lugar subalterno al servicio de fines no económicos, la sociedad habrá dado un salto hacia políticas de civilización.

Las políticas del desarrollo, entendidas como la carrera del crecimiento, han pagando el precio de la huella ecológica mas bestial nunca antes tenida, además del sacrificio de todo lo que no obedece a la competitividad. Más profundamente, el desarrollo surgió y favoreció la formación de enormes maquinarias tecnoburocráticas que por un lado dominan y aplastan todos los problemas singulares, concretos y por otro lado, producen irresponsabilidad.

Anonimización, atomización, mercaderización, degradación moral, malestar, progresan de manera interdependiente. La pérdida de responsabilidad (en el seno de las maquinarias tecnoburocráticas compartimentadas e hiperespecializadas) y la pérdida de la solidaridad (debido a la atomización de los individuos y a la obsesión del dinero) conducen a la degradación moral, dado que no hay sentido moral sin sentido de la responsabilidad y sin sentido de solidaridad, como señala Morin.

Es la hora de una política de civilización que entienda que solidarizar, responsabilizar, moralizar son interdependientes y las conciba en conjunto para proponer acciones integrales.  La sociedad civil debe resistir y exigir en función de las políticas a favor de la calidad de vida. Ello implica cordialidades y solidaridades de persona a persona, el compartir y la participación de los gozos, placeres y sufrimientos del otro, prójimo, vecino, visitante.

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