Crisis de alimentos: sociedad fallida

En el siguiente artículo de Darío Aramburo se señala que necesidades tan humanas como la alimentación no deben ser tratadas solo desde la perspectiva económica más elemental.  En lo referente a lo humano, la alimentación y el problema de los alimentos adquiere especiales connotaciones culturales. Alimentarse está relacionado con la forma de producción y de consumo. Alimentarse es una forma de vida y determina un modelo de sociedad.

Una reflexión sobre la “crisis de los alimentos”

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Hemos escuchado, hemos leído, hemos visto en periódicos y revistas: estamos preocupados por las crisis del mundo, entre ellas, la llamada crisis de alimentos. El argumento que desarrollaré en este artículo, gira entorno a que la crisis de alimentos es una crisis de medio de vida o de modo de percibir el alimento, es decir, de la forma como vivimos.

Sepamos trazar líneas que demarquen ahí donde se impone deslindar nociones radicalmente diferentes: una cosa es la economía y sus estándares de producción y reproducción material y otra la producción de los alimentos. Cierto es que la economía debe asumir, en mayor o menor medida, la forma de producción de cualquier mercancía incluso la acción sagrada de cultivar lo que comemos, pero que los alimentos se compren y se vendan no debe llevarnos a la absurda conclusión de que todo producto destinado a nuestro nutrimento, a nuestro pan de cada día, puede reclamar para sí carta de total objeto de cambio, de mercancía vendida y ofertada al mejor postor.

El alimento verdadero (y acá peco de ortodoxo) exige del receptor una actitud activa, participativa, eminentemente de cultivador. La compra para el consumo requiere pasividad absoluta, inatención, esfuerzo mínimo en la preparación de lo que comemos y lo que nos alimenta, es consumo inactivo de sólo poseer el valor de cambio para poder comprarlo.

El alimento verdadero debe costar, hacer de nuestra vida un esfuerzo que nos llegue al alma, perturbarnos, alimentarnos no sólo de pan sino de disciplina y de sacrificio. Es un esfuerzo en la agricultura, en el cultivo, en la relación con la tierra, con la “Pacha mama”; por el contrario  el consumo es solo comprar, solo señalar, solo escoger lo que nos exige el gusto momentáneo.

El alimento verdadero es como la amistad que se cultiva día a día, la compra de alimento es como  artificio, una caja de frutas que se compra y se desecha por cambiar de opinión. El alimento verdadero no es necesariamente agradable en su creación, en su cultivo, en su producción (son agradables los sacrificios y esfuerzos para lograr las metas de la vida, para resolver nuestros problemas, para enfrentar nuestras enfermedades y fracasos) la compra y consumo de alimento busca únicamente gratificar y ser fácil, es la golosina que regala el padre a su niño.

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El alimento verdadero se experimenta bajo la forma del sembrador, del cultivo, del cuidado de la tierra, del agua, del ambiente; y  en ello se asemeja a la vivencia mística. La compra del alimento se experimenta como placer puro, como calmar la necesidad de alimento.

El alimento verdadero es generador de una íntima relación en el medio rural o campesino, se desarrolla una relación con el medio ambiente, relación de vivienda, lúdica, de desarrollo personal y social. El consumo de la ciudad y compra de alimento es forjador de dependencia, agente de facilismo, paraíso artificial, y si quedara alguna duda, permítanme preguntarles ¿quién de nosotros cuando niño, no pensó alguna vez que los alimentos se hacen en los supermercados?

El alimento verdadero ennoblece y dignifica. En este desarrollo de vida, un elemento que genera otras opciones de víveres y de independencia es, y puede ser en gran escala, la reproducción de alimento en las propias fincas, en las propias casas, en las propias tierras; es el cultivo, es la parcela, es la hidroponía, es el reencuentro de nuevo con la naturaleza, es recordar de nuevo lo que el ser humano empezó hace diez mil años: la agricultura de todos y para todos.

El alimento verdadero nos confronta despiadadamente con el drama de los agricultores, nos obliga a mirar de frente a nuestra propia necesidad de energía, de nutrientes. Es en este caso la agricultura de vida, de finca, de alimento, de relación directa con el entorno; no de subsistencia, sino de alimento, igual que cocinamos con esmero, con dedicación, así como mezclamos ingredientes y dedicamos trabajo y aprendizaje para lograr un alimento rico, ¿cómo no emprender la búsqueda para crear, cultivar y cuidar los que comeremos?

La compra de alimentos parece estar inscrita dentro del modelo de vida artificial y superflua  de sociedad de consumo que hemos creado. Y así como hemos perdido el tiempo, como hemos perdido la relación natural con nuestro entorno, como hemos perdido la capacidad de relacionarnos con el suelo, con la tierra, con las semillas, con las plantas, y con el alimento verdadero (esto es una de de las cosas más preciadas que es hemos perdido), así creemos poder evadir la gran responsabilidad de producir lo que comemos.

Para Paul Krugman, las regiones, de casi todos los países del mundo, quedan divididas en centros urbanos altamente tecnológicos y de gran dependencia de alimentos y materias primas; y en unas periferias menos desarrolladas y con menos poder adquisitivo de objetos; pero, para mí, estos lugares alejados de los centros urbanos, tienen una  gran capacidad de suplir sus necesidades básicas a través de la tierra, a través de la relación con el ambiente de la que he hablado en este artículo, además, con grandes posibilidades de utilizar energías renovables y de reutilizar todos los materiales de uso humano, prácticas éstas que tanta falta nos hace hoy en día realizar.

Krugman agrega, que los centros urbanos y artificiales, dificultan el manejo ambiental, la construcción de infraestructura y calidad de vida de las personas, aunado a la alta concentración de estos centros de producción y de consumo. El economista muestra cómo las personas se ven atraídas hacia los centros urbanos donde tenemos el aumento de todo tipo de problemáticas y de los lugares donde estos centros se sitúan.

Así, al contrario de estos lugares, los sitios rurales y campesinos tienen la posibilidad de recursos propios y de que el alimento verdadero se cultive de forma singular e irrepetible, el alimento que se compra obedece al principio de producción en masa: se manufactura con criterio industrial y de conformidad  con los mandatos del mercado específico.

Estamos frente a una nueva visión de medio de vida, de relación con la vida, en nuestras ciudades convivimos cada vez con más cemento y con más inversión e  infraestructura para modos de vida ficticios, adulterados y en los que se han roto las relaciones más íntimas para aislar a los humanos en la soledad de sus “hipotecas”.

Pienso en un movimiento de agricultura, donde actuemos como cultivadores de nuestro alimento, como algo que ya no es el objeto que solo nos nutre, sino que también nos hace mejores personas, gracias a la relación que desarrollamos para su cultivo.

La crisis de alimentos significa, para mí, que hemos apartado la vista de lo rural, y ¿qué es lo rural sino la posibilidad de dar vida? El alimento verdadero tiene vocación de ser nutricio, para el cuerpo y para el espíritu.

He querido invitar a una reflexión que nos lleva a trascender lo económico, para intentar comprender que la crisis de alimentos es también un asunto personal, de estilo de vida, de prestar atención en nuestra cotidianidad cuando adquirimos lo que alimentará nuestros hogares. Este es un intento también por exhortarnos a vivir el tema alimentario con responsabilidad, y así, con el consecuente regocijo de sentirse más integradores, más genuinos, más agradecidos y más creadores cada día con la oportunidad ya no solo de elegir, sino de producir y de servir, de crear y de preservar.

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