La percepción ampliada

Hace meses escribía sobre las oportunidades de las crisis.  La más interesante, tal vez, es la de poder reflexionar sobre el modelo y las ventajas de una sociedad basada exclusivamente en el consumo que ha sacralizado a los mercados (convirtiéndolos en principio y fin,  fuente de toda verdad …).

Pasan los días y los efectos de la famosa crisis comienzan a percibirse cada vez más cerca de nuestros propios sentidos.  A pesar de lo anunciado se reciben con más fuerza señales de esperanza en que saldremos adelante y confianza absoluta en las recetas de antaño.   La evidencia indica lo contrario.

El discurso político dominante, el mismo que nos ha metido en este callejón sin salida, apunta a pasar este trago amargo lo antes posible para continuar consumiendo como en los años maravillosos de la especulación y el cava.  Parece que ese es el problema: Ya no consumimos… ya no cambiamos el coche cuando deja de oler a concesionario, de televisor cuando la apariencia del nuevo modelo es más atractiva aunque la imagen se vea distorcionada, de reproductor de música cuando el nuevo permite guardar cinco mil canciones más a las quinientas mil que ya me guardaba el anterior y que seguramente nunca escucharé, ropa nueva para no tener que repetir la del año pasado, …

Muchas medidas se han tomado para estimular la economía.  No hay tiempo que perder:  hay que estimuar(nos) para que sigamos agrandando la huella ecológica.

En un artículo de opinón de Manuel Castells titulado Más allá del consumo,  concluye a manera de deseo que:  “Y si nos acostumbramos a vivir de otra manera durante algún tiempo, a lo mejor les decimos que se dejen de estimular la economía y dediquen nuestro dinero a estimularnos la mente, que es por donde se siente la vida.”

En la misma dirección apunta Timothy Garton Ash en un artículo titulado: La felicidad en un mundo hecho trizas cuando señala:

“Lo crean o no, existe ya todo un subcampo académico de estudios sobre la felicidad. El economista Richard Layard ha escrito un interesante libro llamado Happiness: Lessons from a New Science (Felicidad: lecciones de una nueva ciencia). ¿Es a lo que se refería Nietzsche al hablar de la gaya ciencia? Un estudioso holandés, Ruut Veenhoven, ha creado una base de datos mundial de la felicidad, con clasificaciones nacionales. Sus resultados aparecieron en una página web de California bajo el título “Canadá derrota a Estados Unidos en el índice mundial de la felicidad”. Por lo visto, ha aparecido otra clasificación, con un “mapa mundial de la felicidad”, en la Universidad británica de Leicester. Dinamarca ocupa el primer puesto en ambas. Existe incluso una publicación, el Journal of Happiness Studies (el editor debe de reírse mucho cuando va al banco). Se piense lo que se piense sobre el valor real de este tema -perdón, ciencia-, pueden pasar un buen rato si buscan páginas sobre ello en Internet y tratan de averiguar cuánto es inventado.

Pero, en serio, estas decisiones dependen, en parte, de los ciudadanos de clase media en los países ricos. Es evidente que el planeta no puede sostener a 6.700 millones de personas que vivan como lo hace la clase media actual en Norteamérica y Europa occidental, ni mucho menos los 9.000 millones previstos para mediados de siglo. O excluimos a una gran parte de la humanidad de los beneficios de la prosperidad, o nuestra forma de vida tiene que cambiar.

El lema con el que casi todos nuestros líderes políticos y económicos comienzan 2009 es recuperar el crecimiento económico, cueste lo que cueste. Como la tripulación de un velero en una tormenta, sólo quieren mantenerlo a flote y avanzar en alguna dirección, la que sea. Sin embargo, incluso cuando estemos en lo peor de la tormenta, que todavía no ha llegado, debemos mirar con atención el rumbo que estamos emprendiendo.

Para eso son necesarios líderes de primera categoría, pero también unos ciudadanos que exijan unos líderes así. ¿Me alegraría personalmente de tener que hacer los cambios de modo de vida que serían necesarios? Casi seguro que no. Pero, al menos, me gustaría saber cuáles serían.”

La pregunta parece obvia:  ¿Porqué no ampliamos nuestra percepción del mundo?

Una respuesta a “La percepción ampliada

  1. ¡¡Excelente!! Da gusta leer pensamientos propios escritos por otra persona, sobre todo cuando la idea no es de dominio público, no es el verso que se oye por doquier.

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