Entorno

Paisaje y desarrollo humano se funden en la imagen de un ideal de felicidad, es decir, la satisfacción de las necesidades humanas sin un paisaje que incite a la vida parece imposible de alcanzar porque impide la formación de valores fundamentales como el respeto a las otras formas de vida, el estímulo de la creatividad,  la legalidad democrática, que se consolidan en una plataforma sobre la que se desarrolla la sociedad (la existencia con el otro).

El paisaje que uno transforma es el mismo que lo trasforma a uno.

La relación entre paisaje y desarrollo humano debe ser entendida como un todo sistémico.  Si se acepta esta proposición, regirse por la lógica de la linealidad separando estrategias de desarrollo de procesos de transformación del paisaje es absurdo porque no permite articular procesos y efectos sinérgicos, por ejemplo: Aumentar el área destinada a las reservas naturales sin emprender imbricadamente una estrategia de educación que lo legitime socialmente, tendrá unos efectos mínimos sobre la transformación cultural y la vida de la población, y viceversa, construir un programa educativo de sensibilización frente a los recursos naturales sin tener políticas de conservación, recuperación y ordenación y gestión del territorio que ayuden a desarrollar esa red de significados que se quieren enseñar, harán de esta labor un esfuerzo vano.

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