Desarrollo y pobreza

Los conceptos de Desarrollo y Pobreza han sido tratados por diferentes autores en distintas épocas.  En el siguiente artículo de Darío Aramburo se hace alusión a una dimensión que me parece clave: la disposición al cambio.

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Todas las sociedades y todas las generaciones tejen una tela hecha no solo de trabajo sino de esperanza; y en todas se produce de una manera u otra, abierta o velada, la querella de lo que merecemos y de lo que se nos ha sido dado. Hay tantas oportunidades como restricciones en nuestra vida. No obstante, ningún ser humano tiene la misma cantidad de unas y otras en sociedad ni época alguna. Creer que la vida es una simple consecuencia de las oportunidades que se nos ofrecen, es resignarse de antemano a perder pronto el control de ella. ¿Cómo se llamará entonces a los que tienen pocas o ninguna oportunidad? Para resistir a la tentación de llamarlos pobres; palabra que todo lo descalifica, propongo con un nombre relacionado al trabajo teórico del economista Amartya Sen, que ha conceptualizando la pobreza en relación directa con la imposibilidad que podrían tener las personas de vivir una vida que para ellas sea valiosa. A los otros, esos que sí tienen, o creen tener, las posibilidades para vivir la vida que quieren ¿cómo debemos llamarlos? ¿Debemos llamarlos miembros de países desarrollados, de clases acomodadas, privilegiadas por Dios, por una familia o por un estado? Creo que todos esos nombres aluden a un principio inmutable o, al menos, a condiciones estables. Una pregunta más, ¿Se podría decir que cada persona se asienta en un contexto socioeconómico, como verdadera piedra de inicio de su vida; y en este contexto la persona no solo define su destino sino que se afirma en él o lo cambia radicalmente? En una respuesta afirmativa, la economía divide al mundo, en principio, en dos: los que tienen y los que no tienen. Pero nuestra sociedad también divide al mundo en dos: los que permanecen en sus condiciones de vida y los que las cambian, no importa qué tan deseables o paupérrimas sean estas condiciones iniciales de vida. Esta ultima división no opera únicamente por ser sociedad, sino que allí en lo social y específicamente, en lo que nos define como humanos, asume la forma de oposición entre el pensamiento que llamaremos de lucha permanente y entre la esperanza pasiva o mendigante de cambiar sus condiciones de vida. No es la primera vez que se habla de asumir nuestras condiciones de vida. También Amartya Sen nos dice que “los principios éticos bien fundados suponen la igualdad entre los individuos, pero como la habilidad para aprovechar la igualdad de oportunidades varía con cada persona, el problema de la distribución de bienestar nunca podrá resolverse del todo.” Inicialmente, postular como ideal universal a la “buena” actitud y a la lucha suprema que obtiene cambios en la vida de la gente, frente a la inferioridad de personas que no tienen en cuenta ni practican la gran cantidad de filosofía de automotivación y de “secreto” de los éxitos de la vida, podría parecer estéril. Sin embargo, es útil preguntarse ¿motivación y actitud con relación a qué y a quién? La humanidad se ha identificado, en muchas ocasiones, con sus condiciones de vida y su transformación. Apenas si queda espacio para mencionar casos de superación y cambio de sus condiciones de vida en la historia de la humanidad, pero en este escrito quiero mejor invitarlos a que miren alrededor de su casa, de su familia, de su barrio y encuentre esos casos de lucha y de superación diaria; y en comparación con esto, hay muchos seres que no han sido capaces ni siquiera de intentar transformar lo que tienen; a ellos me atrevo a llamarlos subdesarrollados mentales. Al amparo de la ambigüedad del concepto subdesarrollo, que postula de forma equivocada que existe un solo tipo de civilización “ejemplar”, y que por tanto la sociedad que no alcanza ese modelo pasa a ser llamada de esta forma, para mi caso me permito usarlo para atreverme a decirles: los seres humanos podemos ser progresivos en nuestros conceptos y alcanzar un mejor desarrollo intelectual que nos lleve a la acción; bien lo dijo Humberto Maturana: todo pensar es un hacer y todo hacer es un pensar. La identificación con desarrollo psicosocial puede extenderse de tal modo, que a riesgo de pesadez y de falta de modestia, se debe repetir, primero, que no hay una sola y única posibilidad de interpretar nuestras condiciones de vida y así considerarnos a nosotros mismos como “pobres”; en seguida, que en toda cultura se ha podido demostrar que algunas personas transforman sus condiciones iniciales de vida, con una ayuda adecuada en el entorno de educación, salud, y alguna pequeña ayuda económica: puedo decir que ninguna historia de vida está predeterminada en su inicio. Incluso puedo decir, que la historia ignora lo que se espera de las condiciones de vida iniciales de una persona. Es verdad que es necesario suplir las necesidades básicas de todas las personas, es verdad que los niños y jóvenes del mundo necesitan desayunar para poder ir a la escuela. Pero este suplir no puede quedarse en las necesidades básicas. Pobreza no implica solo alimento, vestido, vivienda. La historia de la humanidad muestra que no es exacto atacar a la pobreza solamente con riqueza. Los progresos de cada ser humano pueden ser continuos y progresivos si no son en línea recta de posesiones. Diré, entonces, que el concepto de mejora personal se justifica cuando hablamos de superación de subdesarrollo mental y de sus consecuencias sociales. Pues bien, precisamente en este sentido el concepto de pobreza me parece equívoco y peligroso. Si bien es cierto, las condiciones en que nacemos pueden ocupar un lugar determinante, y su transformación hacia la vida que queremos es única y no aplicable en modelo estándar, sí creo que solo será posible a través de nuevos conceptos y de nuevas acciones progresivas dentro de un proyecto de vida integral de nociones como materia, mente, emoción y espíritu humanos. Nosotros tenemos un ejemplo a la vista: la irreflexiva idea de que acabaremos con los “pobres” con ayuda humanitaria. Esto ha producido un sin número paliativos momentáneos pero luego regresan las mismas desdichas anteriores. Con el pretexto de acabar con el hambre hemos creado mendicidad en el mundo; con esto, hemos sido testigos también de que una progresiva transformación de nuestro estilo de vida sólo es posible cambiando nuestro pensar y nuestro actuar. El sufrimiento en el mundo ha sido grande y las perdidas humanas más ciertas que las ganancias de unos pocos. No hay ningún lamento en lo que digo; en realidad, los únicos lamentos son los de muchos seres humanos que viven una vida que no quieren y hacen muy poco, o lo hacen mal, para cambiar su destino. Entonces, ¿en qué creo? En el poder del pensamiento y de la acción. Pensamiento de cambio, de producción, de mejora de lo que tenemos, y de lucha, cueste lo que cueste. Se que no podemos escapar tan fácilmente de lo que somos y que estamos condenados a iniciar en unas condiciones mejores o nefastas de vida, pero solo saldremos de allí, si queremos hacerlo, pensando y actuando diferente. Enfrentándonos al desarrollo que haga menos inhumana esa condena inicial. Así podremos decir como decía el famoso Cantinflas, en aquella película también famosa, El Padrecito: “el problema del mundo no es acabar con los ricos sino acabar con los pobres”.

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