Archivo mensual: mayo 2009

Una buena fotografía

¿Cómo se vería el paso del transbordador Atlantis viajando delante del sol a 260 km de la Tierra?

El paso duró 0,3 segundos y el instante fue inmortalizado por el fotógrafo Thierry Legault.  Se puede ver aquí.

Para los aficionados a la fotografía, el equipo que uso fue: Takahashi TOA-130 refractor (diameter 130mm, final focal 2200mm or 3400mm) on Manfrotto video tripod, Baader solar prism and Canon 5D mark II. Exposure of 1/8000s at 100 ISO, extracted from a series of 16 images (4 images/s) started 2s before the predicted time.

Fuente: Mirá

Decrecer es una opción

En la belleza de lo pequeño, de lo simple, de lo cotidiano, como enseñó E.F.Schumacher en Small is Beautiful, habitan las claves de las transformaciones que pueden producir revoluciones globales.

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Encontré en Crisis económica 2010, (una red para tiempos difíciles), un artículo de Jordi Pigem, que transcribo a continuación:

LA HORA DEL DECRECIMIENTO

En otras culturas, el propósito último de la existencia humana era honrar a Dios o a los dioses, o fluir en armonía con la naturaleza, o vivir libres de las ataduras que nos impiden ser felices, en paz con el mundo. En nuestra sociedad, el propósito último es que crezca el producto interior bruto y que siga creciendo. Y en esta huida hacia delante se sacrifica todo lo demás, incluido el sentido de lo divino, el respeto por la naturaleza y la paz interior (y la exterior si hace falta petróleo). La economía contemporánea es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud).

La sociedad hiperactiva. Entre los años 2000 y 2004, según el New York Times, el porcentaje de niños norteamericanos que toman fármacos para paliar el trastorno de déficit de atención e hiperactividad creció del 2,8 al 4,4%. También aquí, según el Departament d’Educació, es el trastorno infantil con mayor incidencia. No hay noticia de la hiperactividad en toda la literatura clásica (como no sea en el mito de Hércules, que proeza tras proeza avanza hacia la locura y la autodestrucción). Es una enfermedad contemporánea. Y refleja muy bien la sociedad contemporánea: una sociedad hiperacelerada, insaciablemente ávida de noticias y novedades, y sometida a tal avalancha de información, anuncios, estímulos y distracciones que la capacidad de atención se aturde y se encoge. Cuantos más reclamos por minuto, menos capacidad de concentración. Las noticias muestran un drama en Bagdad o en una patera, y antes de que uno tenga tiempo de asimilar la magnitud de la tragedia se pasa a la actualidad deportiva o a una falsa promesa publicitaria. ¿Sorprende que los niños, creciendo en el seno de una sociedad hiperactiva y con déficit de atención, reproduzcan las tendencias que ven a su alrededor?

La economía contemporánea vive de crecer. Pero nada crece siempre. Las personas, por ejemplo, crecemos en la infancia y en la adolescencia. Después ya no crecemos, pero tenemos la oportunidad de madurar. La hiperactividad y el crecimiento tienen mucho de adolescente. Parece que a nuestra sociedad le ha llegado la hora de dejar atrás el crecimiento adolescente y empezar a madurar.

Pacificar la economía. El mundo se ha convertido en un gran taller, que produce para que podamos consumir a fin de que podamos seguir produciendo. Pero el nivel de consumo “normal” en un país como el nuestro es ya insostenible. Si toda la humanidad viviera como los catalanes, necesitaría los recursos de tres Tierras; si viviera como los norteamericanos, necesitaría seis. La factura por este desequilibrio la pagan la naturaleza y el Tercer Mundo, y si nada cambia la pagarán, multiplicada, nuestros nietos.

Como Karl Polanyi explicó en La gran transformación, es cosa inaudita que toda una cultura esté sometida al imperio de lo económico, en vez de ser la economía, como lo fue en todos los lugares y épocas hasta no hace mucho, un área ceñida a consideraciones éticas, sociales y culturales. Por arte de magia, hemos insertado la sociedad en la economía en vez de la economía en la sociedad. Aunque se cree por encima de todas las cosas, la economía global es solo una filial de la biosfera, sin la cual no tendría ni aire ni agua ni vida. Una economía sana estaría reinsertada en la sociedad y en el medio ambiente, y cada actividad económica (incluido el transporte) tendría que responsabilizarse de sus costes sociales y ecológicos. En semejante sociedad, sensata pero de momento utópica, los alimentos biológicos y locales serían más baratos que los de la agricultura industrial, que hoy contamina y se lava las manos.

El economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, inspirador del decrecimiento junto a pensadores como Ivan Illich y el recientemente fallecido Baudrillard, se dió ya cuenta de que “cada vez que tocamos el capital natural estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”. Una economía en paz con el mundo seguiría el principio de responsabilidad de Hans Jonas: “Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la tierra”. Los pueblos indígenas que se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) sabían de sostenibilidad más que nosotros.

El decrecimiento, movimiento que en los últimos años está tomando fuerza en Francia (décroissance) e Italia (decrescita), más que un programa o un concepto es un eslogan para llamar la atención sobre cómo la economía hiperacelerada está arruinando el mundo, un timbrazo para despertarnos de la lógica fáustica del crecimiento por el crecimiento. El economista Serge Latouche, decano de la décroissance, señala sin embargo que “el decrecimiento por el decrecimiento sería absurdo”, y que sería más preciso (aunque menos elocuente) decir acrecimiento, tal como decimos ateo. Se trata de prescindir del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido.

En el medio está el remedio. En el portal de la casa de un vecino rezan estos versos:

“Verge Santa del Roser,
feu que en aquesta casa
no hi hagi poc ni massa,
sols lo just per viure bé.”

Es parte de la sabiduría tradicional de muchas culturas constatar que la plenitud va ligada no al cuanto más mejor sino a al justo medio. Ya el oráculo de Delfos advertía: “de nada demasiado”. El confucianismo enseña que “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, y en el clásico libro taoísta de Lao Zi se lee que sólo “quien sabe contentarse es rico”. La misma idea está presente en las palabras de un jefe indígena norteamericano (micmac) dirigidas a los colonos blancos: “aunque os parecemos miserables, nos consideramos más felices que vosotros, pues estamos satisfechos con lo que tenemos”. Y no falta en la tradición judeocristiana: “no me des pobreza ni riqueza” (Proverbios); “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mateo). Incluso uno de los padres de la american way of life, Benjamin Franklin, escribió “El dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará… Cuanto más tienes, más quieres. En vez de llenar un vacío, lo crea”. El consumo pretende ser una vía hacia la felicidad, pero es como una droga que requiere cada vez dosis mayores. Hace poco salió a la luz un Happy Planet Index que sitúa a Vanuatu, archipiélago tropical, económicamente “pobre”, como el país más feliz. Le siguen diversos países caribeños. España ocupa el lugar 87. Y Estados Unidos el 150, ya cerca de Burundi, Swazilandia y Zimbabue, que cierran la lista.

La crisis ecológica es la expresión biosférica de una gran crisis cultural, una crisis derivada del modo en que percibimos nuestro lugar en el mundo. Buscamos el sentido de la vida en la acumulación, mientras el mar se vacía de peces y la tierra de fauna y flora silvestres. Liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento por el crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Un criterio para ello es abandonar la sed de riqueza material en favor de otras formas de plenitud. No se trata de ascetismo. Al fin y al cabo, la revista Décroissance lleva como subtítulo Le journal de la joie de vivre. No implica disminuir el nivel de vida sino concebirlo de otra manera. Se trata, en la línea de iniciativas que van desde el slow food de Carlo Petrini a la simplicidad radical de Jim Merkel, de fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil.

Selva humeda tropical y cambio climático

Los principes y las ranas tienen una larga relación …

Fronteras intolerables

La forma en que vamos delineando los paisajes dice mucho de la fuerza que impulsa a las sociedades.

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Fronteras que atentan contra la dignidad humana.  La pobreza y la exclusión no es un problema de países.  Las fronteras las impone el modelo económico de exclusión dentro de cada territorio.

Foto: Imagen tomada de Humanismo y Conectividad

La cultura de las formas

Se dice que la democracia son las formas.

Las formas que todo lo contienen y que en si mismas comunican un estado de las cosas.

En momentos en que la euforía inmobiliaria ha dejado a las ciudades llenas de sus más feas cicatrices y en que los ciudadanos renunciamos a la belleza de las formas que resaltan la dignidad humana por la efímera sensación del lucro, vale la pena recomponer la andadura para imaginar y actuar sabiendo que otra arquitectura es posible y por tanto, otra ciudad es posible.

El Museo Guggenheim que inspira una manera de sentir y de pensar la relación del ser humano consigo mismo y con lo demás, celebra 50 años.  Esta celebración ha motivado diversas exposiciones, artículos y presentaciones.  Recomiendo este buen artículo firmado por Paul Goldberg en el New Yorker, Spiralling Upward.

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Si Frank Lloyd Wright levantara la cabeza …. ojalá que la innovación de los nuevos desarrollos inmobiliarios y urbanísticos venga acompañada de un enfoque más humano en el diseño que se revele compilador de los desarrollos científicos, artísticos y ambientales.

Para la bici

Los paseos en bicicleta son muy agradables.  Cuando se pueden hacer en familia lo son aún más.

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Un curioso diseño que mejora las prestaciones de seguridad y comodidad de los sillines que se instalan en la segunda rueda….

Cultura técnica

La cultura técnica es un aspecto clave para el progreso.  En la tradición anglosajona, el gusto por intervenir la naturaleza para hacer las cosas que queramos y nos hagan la vida más fácil es un aspecto que se respira desde antaño.  Es frecuente encontrar en los sótanos de las casas, el taller en el que en perfecto orden se guardan las herramientas, hay un banco de trabajo y se fabrican o reparan las cosas domésticas….

El gusto por saber sobrevivir en la naturaleza adquiriendo destrezas y conocimiento del medio permite que convivan las cabras con google y generen una imagen de modernidad, en la que andar a pie se funde con movilizarse sin ruido y poca contaminación en trenes eléctricos a más de 250 kilómetros por hora.

Cuando hablo de tradiciones me refiero a esto:

Country Wisdom & Know-How:
Everything You Need to Know to Live Off the Land
Editors of Storey Books
2004, 488 pages

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