Que inventen ellos …

En el siguiente artículo de Juan Freire se hace un análisis de las dificultades para lograr incorporar el cambio tecnológico a las prácticas institucionales, de manera que contribuyan al logro de los objetivos de  instituciones como las universidades.  Se muestra cómo pequeñas transformaciones en los ritmos y las formas institucionales dificultan los procesos que deberían fomentar las universidades.  En parte, ahí radica la dificultad para que el sistema de innvoción encuentre en estas instituciones un lugar natural de desarrollo.

La reflexión de fondo gira en torno a la pregunta sobre cuáles deben ser los valores, las normas y los conocimientos requeridos para que se afiance una cultura técnica que signifique progreso.  Esta preocupación radica en la idea tan extendida desde antaño, de que el saber técnico es un conocimiento de segunda mano (que inventen ellos …)

El largo y penoso tránsito tecnológico de las universidades

Las universidades españolas han vivido en los últimos años un largo y penoso tránsito en su uso de plataformas educativas (Learning Management Systems, LMS). Algunas en la década de 1990 empezaron desarrollos propios que al cabo de un tiempo abandonaron por otras tecnologías cerradas y propietarias (como WebCT y su sucesor BlackBoard). Desde hace unos pocos años, estas mismas universidades han vuelto a abandonar estos sistemas (y de paso perder buena parte del trabajo que habían desarrollado sus profesores al ser sistemas cerrados que impiden la migración de contenidos) al no poder soportar los incrementos del coste de las licencias y mantenimiento. En su lugar han empezado a implantar sistemas abiertos y basados en software libre, en especial Moodle (aunque otros como Drupal también han tenido cierto éxito en el ámbito educativo). Y mientas nuestras universidades están en este proceso, irrumpe la web 2.0, los medios sociales y la “computación en la nube” y aparecen nuevos retos institucionales. Este proceso lo ha explicado recientemente Enrique Dans en un artículo sobre plataformas educativas y el dilema de la apertura que ha aparecido en un monográfico de la revista RUSC que he coordinado sobre cultura digital y prácticas creativas en educación. Este nuevo reto es especialmente complicado para unas instituciones que se han movido hasta el momento por razones económicas e instrumentales y no han entendido en lo más mínimo lo que significa la cultura digital y su papel en la sociedad.

En contraposición las perspectivas que ofrecen las tecnologías distribuidas y abiertas son el origen del movimiento edupunk que responde al inmovilismo institucional y suponen la oportunidad de desarrollar prácticas de educación expandida, que pueden suceder “en cualquier momento y en cualquier lugar”, que contaban ya con una larga tradición pedagógica. Pero siempre habían sido movimientos marginales que ahora en cambio “amenazan” el orden educativo establecido al ofrecer propuestas más valiosas y atractivos a los usuarios.

Pero la cultura digital ya está en la universidad

Al tiempo, las comunidades universitarias (estudiantes, profesores, personal de administración) han evolucionado en paralelo y desde hace ya un tiempo utilizan servicios y herramientas “en la nube”, se comunican con medios sociales y se sienten cómodos con la panoplia de herramientas que les ofrece la web 2.0. Por supuesto en este proceso solo se ha involucrado una parte de esa comunidad, pero la cantidad de personas que participan, la cantidad y calidad de contenidos que generan, y la densidad de las redes que establecen crecen de forma exponencial. Algunos lo hacen para “usos no profesionales” viviendo una vida académica analógica o 1.0 y una vida personal digital. Otros los usan en su actividad académica mientras sus instituciones se mantienen al margen. O desconocen estas prácticas o prefieren no darse por aludidos por que no entienden el fenómeno ni como gestionarlo. Y por supuesto, unos pocos forman parte de experiencias provocadas o facilitadas por sus propias universidades que han entendido la necesidad de experimentar y comprender estos fenómenos. Lo cierto es que en cualquier campus en estos momentos una parte muy relevante de sus habitantes están usando Internet para crear contenidos, para la participación y para la comunicación. Existe ya una capa digital de conocimiento y relaciones sobre las universidades que no es incorporada a las prácticas institucionales.

M_WeschUn buen ejemplo de vida digital abierta y distribuida de las comunidades universitarias lo proporciona la experiencia del profesor de antropología de la Kansas State University, Michael Wesch, y su proyecto de etnografía digital. Wesch, que ha alcanzado fama mundial por los vídeos que produce con sus alumnos y que publican en YouTube, fue elegido 2008 U.S. Professor of the Year (a pesar de trabajar en una universidad pública con recursos limitados y ser un “recién llegado” que aún no ha alcanzado la estabilidad en el sistema). Este profesor utiliza una enorme diversidad de servicios que integra en un agregador externo, netvibes, desde donde diseña las plataformas de comunicación y gestión de contenidos de sus cursos con las que trabaja con sus estudiantes.

Esta brecha entre lo que hacen las universidades con la tecnología y las prácticas y la cultura de sus usuarios y de la sociedad en general provoca efectos catastróficos para las propias instituciones y puede que hasta para la sociedad. El siguiente post analizará algunos de estos efectos.

¿Cómo matar la innovación antes de que nazca?: software libre para educación propietaria

Muchas universidades españolas (evitaremos citar ejemplos específicos pero la inmensa mayoría podrían reconocerse en este retrato) presentan una actitud paradójica ante el software libre y, en especial, ante Moodle. Por una parte pretenden promocionar su uso mediante incentivos a lo que denominan “innovación docente”, pero al tiempo estos incentivos se convierten en medidas perversas. Así surge constantemente la paradoja de que cuando un profesor trabaja “en la nube” es normalmente complicado, y hasta ridículo, tratar de certificar sus actividades académicas siguiendo los sistemas habituales que se utilizan para gestionar los incentivos. El resultado final es que lo que se considera innovación acaba por convertirse en hacer más de lo mismo, repetir esquemas y prácticas ya definidas, probadas y bien establecidas. Se trata de usar herramientas previamente definidas con usos que están ya pre-establecidos. Cualquier otra práctica se sale de los esquemas de control es por tanto obviada, en el mejor de los casos, o criticada y penalizada.

En realidad, no es extraño que esto sucee ahora en las universidades cuando la oleada anterior de “innovación” supuso en muchos casos la transformación de las notas de los profesores en presentaciones de PowerPoint, con todas las limitaciones de esta herramienta (en contraposición a las grandes oportunidades que ofrece la tecnología usada inteligentemente para crear experiencias realmente atractivas en conferencias).

Pero además de la perversidad de incentivar formas de “no innovación”, las universidades suelen mostrar una actitud de apropiación un tanto indecente del software libre. Así, cuando Moodle “entra” en un campus se suele “customizar” adaptando su apariencia a la imagen corporativa de la propia universidad y, en muchos casos, cambiando el nombre de la propia plataforma.

Esta es una práctica que ya se popularizó en su momento con la creación de la distribución Linex del sistema operativo Linux por el gobierno extremeño. Desde el nombre del sistema operativo a los de las diferentes aplicaciones han sido modificados para hacerlos más próximos. Esta estrategia puede justificarse, y de hecho existe un interesante debate a este respecto, por la necesidad de que los usuarios se apropien de la tecnología. Linex forma parte de un proyecto de alfabetización digital y sus usuarios son personas que en muchos casos tienen escasa o nula experiencia con este tipo de tecnologías. Por supuesto, otras muchas comunidades autónomas en España han copiado estos proyectos y han surgido distribuciones “regionales” de Linux por todas partes: Guadalinex, Lliurex, Galinux, MAX (MAdrid_Linux), Augustux, … El argumento de la apropiación ciudadana es solo una parte de la historia de las distribuciones Linux. La apropiación política es la otra cara de la moneda. Una forma barata de ofrecer un “servicio personalizado” al ciudadano, cuando en realidad el valor añadido que ofrece la institución es mínimo.

La parte negativa de esta historia, más allá de la obsesión política por el control de la imagen y de llevar la publicidad hasta el disco duro de nuestros ordenadores, es que los usuarios pueden no entender que herramientas están usando realmente. Pueden no percibir que su software es libre y forma parte de un proyecto global considerablemente exitoso y que a su vez es la punta del iceberg de otra forma de entender el conocimiento y la innovación. Se pierde una enorme oportunidad de educar con la práctica en cuestiones extraordinariamente relevantes. Nos preocupamos más por lo local y diferenciador (aunque se cree de forma artificial) que por lo global y que nos acerca. En este escenario existe un difícil equilibro entre los intereses legítimos por la apropiación y por la extensión de un modelo abierto.

Pero este equilibrio es mucho más discutible en el caso de las “personalizaciones” de Moodle que suelen practicar las universidades. Se actúa como una lógica muy similar a las adaptaciones de Linux, pero es una lógica que se revela perversa por que en este caso los usuarios objetivos deberían estar adaptados a estas tecnologías y los cambios estéticos deberían ser ya un elemento irrelevante.

Como las universidades tiran piedras contra su propio tejado … y contra el de toda la sociedad

Las consecuencias de estas prácticas de las instituciones universitarias son, en mi opinión, devastadoras para la educación, el desarrollo de sociedades realmente abiertas y, finalmente, para la propia universidad. Podríamos citar al menos tres efectos negativos:

– Las universidades trabajan formalmente con software libre, pero en la práctica están promocionando institucionalmente sistemas cerrados, que normalmente solo están accesibles desde las redes internas o para sus usuarios. En lugar de abrir sus contenidos y enriquecerlos con la participación externa, los protegen y los condenan a la irrelevancia en un mundo que funciona ya bajo la lógica de la abundancia y de la escasez de atención y no de la lógica de la escasez y el control. Muchos profesores y estudiantes, hartos de las barreras y dificultades, acaban por llevarse sus contenidos a otros espacios más abiertos y más fáciles de utilizar.

– El profesorado que acepta el modelo que le impone su universidad sigue funcionando con una lógica de espacio cerrado y protección de contenidos y esto no hace más que agravar su desconexión de la cultura digital. Y si el profesorado está desconectado es la propia institución la que permanece al margen. En realidad, muchos profesores se enfrentan en estos momentos a una alternativa: o se desconectan, en su vida profesional, de la cultura digital o se desconectan de su propia institución. Finalmente, esta desconexión alimenta la falta de relevancia social de la universidad, un problema que crece día a día. Esta brecha no hace más que agravar un problema que ya viene de antes, pero que se acelera si tenemos en cuenta que es en estos escenarios integrados en la cultura digital en los que se están desarrollando los nuevos modelos de relación social, de innovación o de desarrollo empresarial.

– No es extraño, visto todo lo anterior, que las universidades presenten una casi nula capacidad de comunicación con el mundo exterior y, en buena medida, con sus propios estudiantes. Los ejemplos son múltiples. Es sorprendente que universidades con decenas de miles de estudiantes y situadas en ciudades de pocos centenares de miles de vecinos tengan en general tan poca presencia pública. Pensemos en organizaciones ciudadanas o empresas que con muchos menos integrantes consiguen grados de relevancia y presencia pública muy superiores.

El proceso de adaptación al Espacio Europeo nos proporciona otro excelente ejemplo. Hace unos meses El País publicaba un reportaje sobre el conflicto de Bolonia donde explicaba como mientras las instituciones educativas se comunican a través del BOE o del tablón de anuncios, los estudiantes están en los medios sociales y se organizan de modo sumamente efectivo en Tuenti o Facebook.

Lo que se está librando en los campus españoles es una desigual batalla de jóvenes que se comunican en trazos gruesos a través del correo electrónico, Tuenti y otras redes sociales, frente a unos administradores de la reforma que aún confían en el valor de una seca nota explicativa en el tablón de anuncios para difundir los cambios. En el campo de la comunicación, las instituciones están perdiendo por goleada. Y ésa es la causa de que los rectores de las universidades más afectadas hayan pedido ayuda al Gobierno.

Esta “desigual batalla” demuestra que las armas ya no son la financiación, ni tan siquiera las infraestructuras o el “poder duro”. Las competencias digitales, comunicativas y sociales son ya mucho más importantes y aquí nuestras universidades llevan mucho tiempo suspendiendo y la mayoría ni siquiera se han preocupado por conocer su nota.

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