Hambre

Para expresar el coste energético del trabajo humano no existe una fórmula unívoca . Podemos calcular el coste energético neto del trabajo, como lo enseña Vaclav Smil y obtener un valor. Por otro lado, gran parte de la energía que los humanes necesitamos como especie está asociada a los aportes de energía indirecta necesarios para los procesos de interacción y aprendizaje social. Paradójicamente nuestro éxito evolutivo no ha estado en ahorrar energía sino en consumir más energía para realizar procesos cada vez más sofisticados de interacción y aprendizaje social.

El costo de nuestro éxito evolutivo es el de tener sistemas cada vez más eficientes para proveer la energía que requiere la evolución cultural. En ese contexto analizar la gestión de los sistemas agroalimentarios requiere de una mirada más comprensiva. Los mecanismos de gestión de esos sistemas deberían basarse en lo que parece indicar que ha sido exitoso para la especie, teniendo como referencia una escala temporal más amplia: cooperación, buen reparto intergeneracional y división del trabajo.

La tecnología actual permitiría el aporte necesario para satisfacer el gasto energético total pero los fallos en su sistema de gestión lo están impidiendo. Tal vez, reconocer que el sistema debe estar orientado por la cooperación, la equidad intergeneracional y la división del trabajo sea un paso necesario para afinar esos factores extrínsecos necesarios para que la tecnología funcione bien. A día de hoy no está funcionando bien y el costo de estos fallos es elevadísimo.

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¿Qué piensan los candidatos?

En las sociedades modernas la deliberación pública sobre la tecnología debería ser central, ¿tenemos instituciones para organizarla? ¿la discusión sobre la política científica y tecnológica es pública y notoria? ¿los parlamentarios están bien asesorados para comprender el alcance de determinada tecnología? ¿la explicación sobre las implicaciones de determinada tecnología solo está en capacidad de entenderla un estrecho grupo de expertos? ¿hay apropiación social de las tecnologías? ¿interesa que los consumidores de determinadas tecnologías sean usuarios incondicionales? ¿existe la capacidad en los estados para deliberar sobre las tecnologías con el lobby de las grandes multinacionales de base tecnológica?

El conocimiento cada vez más preciso sobre las cosas (la realidad¿?) genera posibilidades de interacción con el medio, a través de tecnologías cada vez más potentes. Este hecho hace que la gestión de los sistemas técnicos sea una de las cuestiones más importantes para orientar el devenir de la sociedad hacia el bien común.

En el debate electoral este tema central de la democracia pasa casi siempre desapercibido. El tema es central para la democracia porque atraviesa la vida cotidiana de cada uno y determinará en gran medida el sentido que se le dará al uso de determinada tecnología. El trámite que se le está dando a los conflictos sociotécnicos con la irrupción de determinadas tecnologías es penoso. Disociar los factores intrínsecos de la tecnología que se esté analizando de sus factores extrínsecos no permite tener una mirada comprensiva y suficiente sobre la cuestión. Las posibilidades que está abriendo la bioinformática, la inteligencia artificial y la conectividad son impresionantes y no puede circunscribirse su gestión a un cuadrilátero en el que se dispongan en una esquina los que piensan que son buenas y en la contraria los que creen que son malas. Se necesita más política científica y tecnológica.

Les escucho ¿qué proponen?

Una sociedad enferma

Hace unos días asistimos a un debate de los precandidatos presidenciales de Colombia. Para ser más precisos al debate entre algunos de los precandidatos presidenciales de Colombia. En medio de la mecánica del debate, pensada para ofrecer un espectáculo que alimente las emociones del espectador, me llamó la atención que cada uno tenía una historia personal como víctima de la guerra que el país ha naturalizado bajo el eufemismo de conflicto armado. También, me llamó la atención cómo el público, convertido en hincha fanático de una causa, asumía la lógica de la guerra en la que el dolor del otro, si es el enemigo, no es igual que el propio dolor y actuaba en consecuencia aplaudiendo o vociferando frente a la confesión dolorosa del adversario.

El pacifismo es el camino para ir curando las heridas profundas que están gangrenando la vida en sociedad. La eliminación del contrario se ha ido legitimando y hoy parece que siempre hay una razón que justifique su desaparición. Tan profunda es la herida que expresiones como «la vida es sagrada» que en su momento trasladaban un sentido, hoy no son más que un reclamo publicitario hacia un movimiento político; y muchos ciudadanos atrapados en esa lógica de la guerra, prefieren huir hacia adelante como zombis que alientan un país solo para los que piensan como ellos, aunque en el camino se siembre dolor y muerte, incluso su propia muerte.

Esta sociedad enferma no necesita más espectáculos que alimenten la lógica de la guerra. La función social de los medios de comunicación no es la de preparar el campo de batalla. Este país enfermo necesita aprender a apreciar desde el silencio el dolor del otro, del vecino, del paisano. Hay que ofrecer el ambiente propicio para entender los argumentos de cada uno, para juzgar sus propuestas, para tomar una decisión de voto, para comprometerse con la sanación de Colombia.