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Cultura técnica

La cultura técnica es un aspecto clave para el progreso.  En la tradición anglosajona, el gusto por intervenir la naturaleza para hacer las cosas que queramos y nos hagan la vida más fácil es un aspecto que se respira desde antaño.  Es frecuente encontrar en los sótanos de las casas, el taller en el que en perfecto orden se guardan las herramientas, hay un banco de trabajo y se fabrican o reparan las cosas domésticas….

El gusto por saber sobrevivir en la naturaleza adquiriendo destrezas y conocimiento del medio permite que convivan las cabras con google y generen una imagen de modernidad, en la que andar a pie se funde con movilizarse sin ruido y poca contaminación en trenes eléctricos a más de 250 kilómetros por hora.

Cuando hablo de tradiciones me refiero a esto:

Country Wisdom & Know-How:
Everything You Need to Know to Live Off the Land
Editors of Storey Books
2004, 488 pages

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Que inventen ellos …

En el siguiente artículo de Juan Freire se hace un análisis de las dificultades para lograr incorporar el cambio tecnológico a las prácticas institucionales, de manera que contribuyan al logro de los objetivos de  instituciones como las universidades.  Se muestra cómo pequeñas transformaciones en los ritmos y las formas institucionales dificultan los procesos que deberían fomentar las universidades.  En parte, ahí radica la dificultad para que el sistema de innvoción encuentre en estas instituciones un lugar natural de desarrollo.

La reflexión de fondo gira en torno a la pregunta sobre cuáles deben ser los valores, las normas y los conocimientos requeridos para que se afiance una cultura técnica que signifique progreso.  Esta preocupación radica en la idea tan extendida desde antaño, de que el saber técnico es un conocimiento de segunda mano (que inventen ellos …)

El largo y penoso tránsito tecnológico de las universidades

Las universidades españolas han vivido en los últimos años un largo y penoso tránsito en su uso de plataformas educativas (Learning Management Systems, LMS). Algunas en la década de 1990 empezaron desarrollos propios que al cabo de un tiempo abandonaron por otras tecnologías cerradas y propietarias (como WebCT y su sucesor BlackBoard). Desde hace unos pocos años, estas mismas universidades han vuelto a abandonar estos sistemas (y de paso perder buena parte del trabajo que habían desarrollado sus profesores al ser sistemas cerrados que impiden la migración de contenidos) al no poder soportar los incrementos del coste de las licencias y mantenimiento. En su lugar han empezado a implantar sistemas abiertos y basados en software libre, en especial Moodle (aunque otros como Drupal también han tenido cierto éxito en el ámbito educativo). Y mientas nuestras universidades están en este proceso, irrumpe la web 2.0, los medios sociales y la “computación en la nube” y aparecen nuevos retos institucionales. Este proceso lo ha explicado recientemente Enrique Dans en un artículo sobre plataformas educativas y el dilema de la apertura que ha aparecido en un monográfico de la revista RUSC que he coordinado sobre cultura digital y prácticas creativas en educación. Este nuevo reto es especialmente complicado para unas instituciones que se han movido hasta el momento por razones económicas e instrumentales y no han entendido en lo más mínimo lo que significa la cultura digital y su papel en la sociedad.

En contraposición las perspectivas que ofrecen las tecnologías distribuidas y abiertas son el origen del movimiento edupunk que responde al inmovilismo institucional y suponen la oportunidad de desarrollar prácticas de educación expandida, que pueden suceder “en cualquier momento y en cualquier lugar”, que contaban ya con una larga tradición pedagógica. Pero siempre habían sido movimientos marginales que ahora en cambio “amenazan” el orden educativo establecido al ofrecer propuestas más valiosas y atractivos a los usuarios.

Pero la cultura digital ya está en la universidad

Al tiempo, las comunidades universitarias (estudiantes, profesores, personal de administración) han evolucionado en paralelo y desde hace ya un tiempo utilizan servicios y herramientas “en la nube”, se comunican con medios sociales y se sienten cómodos con la panoplia de herramientas que les ofrece la web 2.0. Por supuesto en este proceso solo se ha involucrado una parte de esa comunidad, pero la cantidad de personas que participan, la cantidad y calidad de contenidos que generan, y la densidad de las redes que establecen crecen de forma exponencial. Algunos lo hacen para “usos no profesionales” viviendo una vida académica analógica o 1.0 y una vida personal digital. Otros los usan en su actividad académica mientras sus instituciones se mantienen al margen. O desconocen estas prácticas o prefieren no darse por aludidos por que no entienden el fenómeno ni como gestionarlo. Y por supuesto, unos pocos forman parte de experiencias provocadas o facilitadas por sus propias universidades que han entendido la necesidad de experimentar y comprender estos fenómenos. Lo cierto es que en cualquier campus en estos momentos una parte muy relevante de sus habitantes están usando Internet para crear contenidos, para la participación y para la comunicación. Existe ya una capa digital de conocimiento y relaciones sobre las universidades que no es incorporada a las prácticas institucionales.

M_WeschUn buen ejemplo de vida digital abierta y distribuida de las comunidades universitarias lo proporciona la experiencia del profesor de antropología de la Kansas State University, Michael Wesch, y su proyecto de etnografía digital. Wesch, que ha alcanzado fama mundial por los vídeos que produce con sus alumnos y que publican en YouTube, fue elegido 2008 U.S. Professor of the Year (a pesar de trabajar en una universidad pública con recursos limitados y ser un “recién llegado” que aún no ha alcanzado la estabilidad en el sistema). Este profesor utiliza una enorme diversidad de servicios que integra en un agregador externo, netvibes, desde donde diseña las plataformas de comunicación y gestión de contenidos de sus cursos con las que trabaja con sus estudiantes.

Esta brecha entre lo que hacen las universidades con la tecnología y las prácticas y la cultura de sus usuarios y de la sociedad en general provoca efectos catastróficos para las propias instituciones y puede que hasta para la sociedad. El siguiente post analizará algunos de estos efectos.

¿Cómo matar la innovación antes de que nazca?: software libre para educación propietaria

Muchas universidades españolas (evitaremos citar ejemplos específicos pero la inmensa mayoría podrían reconocerse en este retrato) presentan una actitud paradójica ante el software libre y, en especial, ante Moodle. Por una parte pretenden promocionar su uso mediante incentivos a lo que denominan “innovación docente”, pero al tiempo estos incentivos se convierten en medidas perversas. Así surge constantemente la paradoja de que cuando un profesor trabaja “en la nube” es normalmente complicado, y hasta ridículo, tratar de certificar sus actividades académicas siguiendo los sistemas habituales que se utilizan para gestionar los incentivos. El resultado final es que lo que se considera innovación acaba por convertirse en hacer más de lo mismo, repetir esquemas y prácticas ya definidas, probadas y bien establecidas. Se trata de usar herramientas previamente definidas con usos que están ya pre-establecidos. Cualquier otra práctica se sale de los esquemas de control es por tanto obviada, en el mejor de los casos, o criticada y penalizada. Sigue leyendo

Ciencia ficción

LA CIENCIA FICCIÓN DESDE UNA LECTURA DE 2001 ODISEA EN EL ESPACIO

A la manera de Borges pienso que los géneros literarios dependen menos de los textos que del modo en que éstos son leídos.  Hablar sobre la ciencia ficción o la literatura fantástica, es hablar, en cierto modo, de la manera en que los lectores abordan este tipo de textos.

Con 2001 Odisea en el espacio se plasmó una idea a través de dos versiones diferentes. Una audiovisual y otra literaria.  A diferencia de lo que cabría suponer, la versión literaria resulta mucho más detallada y comprensible que la otra.  Los lectores necesitan menos claves para comprender el sentido del texto, pudiendo aproximarse a él como a un libro de aventuras, encontrando con el paso de las páginas las pistas para seguir en la lectura.  En cambio con la película de Kubrick, no se descubren los conceptos que el espectador requiere para entenderla, como diría Woody Allen: sólo me gustó la película cuando una amiga me la explicó y la volví a ver.  Es una obra de un alto contenido abstracto que requiere de una predisposición para captarla, tanto en sus aspectos estéticos, como en su contenido existencial.

Me voy a referir a esto último en las siguientes líneas.  El tiempo es la pregunta fundamental del ser humano desde mi punto de vista. En la ciencia ficción y particularmente en 2001 Odisea en el espacio, la reflexión última es el tiempo.  La última imagen de la película o el hijo de las estrellas en el libro es una metáfora a la condición de imagen de la eternidad que detenta el tiempo.  Ahora bien, el estilo y los argumentos que acompañan estas reflexiones están condimentados por el saber científico-técnico y es ahí donde radica la especificidad de este tipo de manifestaciones culturales.  Obviamente sin la teoría de la evolución de Darwin o la teoría de la relatividad de Einstein o la práctica científica de validación de argumentos a través de la verificación empírica, hubiese sido muy difícil realizar una obra de este estilo.  Ya no somos lo que éramos y las reflexiones sobre el tiempo, encajan ahora las visiones que tenemos de lo que somos a partir de lo que sabemos.

Para que una obra sea de ciencia ficción no basta con que muestre un robot o haga juegos extraños de luces para sugerir propiedades fantásticas de la materia, se debe tener rigor argumental basado en explicaciones plausibles frente a los fenómenos que muestre la obra.  Además debe abordar cuestiones culturales como la relación hombre-máquina, hombre-tiempo, hombre-conocimiento.

En el libro de Clarke se encuentran varias de las características anteriormente expuestas.  Por ejemplo, se presenta el esquema mental básico de argumentación científica bajo el que operan personas con esta formación, cuando escribe: “(…)  – Queda descartado-protestó- . No puede haber criaturas inteligente muy pequeñas; se necesita un mínimo de tamaño cerebral.  Floyd se había dado ya cuenta de que Michaels  y Halvorsen solían sustentar opiniones opuestas aun cuando no pareciese existir una hostilidad o fricción personal entre ellos. Parecían respetarse mutuamente; simplemente, estaban de acuerdo o en desacuerdo.”

También es interesante apreciar cómo el autor piensa que es posible un desarrollo en las ciencias cognitivas que conducirían hacía una revolución educativa en el siglo XX en donde debido a “técnicas de instrucción e información, poseía ya el equivalente a dos o tres carreras … y lo que era más podría recordar el 90% de lo aprendido”.  Desafortunadamente este deseo de Clarke no se ha plasmado y su mirada sobre el sistema educativo está resultando más bien contraria.

Otro elemento a señalar es el limite difuso que se presenta entre la evolución biológica y la evolución electrónica.  Parece que se yuxtaponen cuando se ha alcanzado un punto y determinadas características de los sistemas biológicos como el dolor o el crecimiento pasan a ser también características de los sistemas electrónicos.  Este problema parece recurrente en la mirada preocupada que hacen algunas personas sobre la autonomía de las máquinas y su propio gobierno, asignándoles características de pensamiento y de conciencia idénticas a la de los seres vivos actuales.  Ahí radica su preocupación, pero también su equivocación. El funcionamiento complejo de una red de información con capacidad de replicación basado en el silicio no tiene porque ser igual al funcionamiento neuronal basado en el carbono.  De hecho hoy día no lo es. Por lo tanto, el producto del manejo de la información y las redes que se puedan tejer, con el poder que esto pudiera conllevar, no tienen porque ser similares a las prácticas que empleamos para gobernarnos y el temor que sentimos de nosotros mismos.

Y finalmente Clarke vuelve al mito original, al origen del tiempo. “Estaba moviéndose a través de un nuevo orden de creación, con el cual pocos hombres soñaron siquiera. Más allá de los reinos del mar y la tierra y el aire y el espacio, se hallaba el reino del fuego, del cual él solo había tenido el privilegio de tener un vislumbre.”  Los cinco elementos de múltiples mitos de creación, aparecen nuevamente, re-encauchados en un nuevo mito de creación evolutiva, con otra escala de tiempo, en un mundo de fuego.

Termino retomando la idea del primer párrafo, para señalar que aún la mayoría de los lectores (espectadores) no cuenta con las claves necesarias y suficientes para poder hacer una lectura de ciencia-ficción.  La relación entre la mayoría de los ciudadanos y el desarrollo científico-técnico es casual y está mediada por un mensaje publicitario que privilegia determinados aspectos sobre otros.  Esta ausencia de visibilidad de tantas aristas del tema hace que la ciencia ficción sea un apartado escaso y muchas veces mal entendido incluso por algunos autores cuando la pretenden hacer y caen en cuentos de hadas adornados por mágicos y maternales encuentros.