¿Por qué cultivas?

Es la pregunta que le hace Luis a Eudald en su huerto. Es la pregunta que yo mismo me hice cuando decidí estudiar agronomía. Aún sigo descubrindo nuevos matices en la respuesta.

Recomiendo especialmente este trabajo de Luis Quevedo, Iván Yamir y Alfonso Par en el que se fijan un objetivo: buscar al primer europeo.

La ciencia es noticia

La Fundación española para la CIencia y la Tecnología FECyT ha publicado el anuario 2011.
La divulgación de noticias científicas y tecnológicas contribuye de manera significativa a la cultura técnico-científica. Esta última es clave para el desarrollo de las sociedades.

Que la ciencia sea noticia es una buena noticia.

Comunicar la ciencia

Comunicar la ciencia es una tarea imprescindible en una sociedad moderna. ¿Qué está pasando en los laboratorios? ¿Cuáles son las lineas de investigación en la física, la química, la bioquímica? ¿Qué sabemos del cerebro humano? ¿Qué pasó antes del big  bang? ( …)  Preguntas cuyas respuestas (transitorias) deberían estar al alcance de la mayoría de los ciudadanos.

Comunicar la ciencia es una tarea apasionante que requiere algunas capacidades, una buena dosis de habilidad para contextualizar las informaciones y las destrezas propias de quien busca ser escuchado.  Comunicar la ciencia puede ser una tarea hecha por científicos, de hecho algunos lo hacen con probada suficiencia, pero ser un científico no es condición suficiente para que pueda comunicar adecuadamente a la sociedad lo que hace (su conocimiento).

Esta labor de intermediación es necesaria y requiere cierta dosis de especialización.  En la actualidad hay extraordinarios comunicadores y divulgadores científicos pero su trabajo sigue siendo quijotesco y marginal en relación con el espectro de la información que circula por los medios de comunicación.

Hoy quiero recomendar un libro ameno El ladrón de cerebros de Pere Estupinyà.  También quiero dejar un ejemplo de lo que NO debe hacerse si lo que se persigue con la desiganción del 2011 por parte de la UNESCO como el Año de la química es “Aumentar la concienciación y comprensión por parte del gran público de cómo la química puede responder a las necesidades del mundo.” Al ver el mensaje de su directora Irina Bokova queda claro a lo que me refiero cuando hablo de habilidades para la comunicación.

Ni microbios, ni galaxias.

Hoy pensaba en lo “independientes” que son los medios de comunicación: En la manera que tienen los “opinadores” para fijar énfasis diferentes a los hechos que ocurren y proponer interpretaciones que bajo el velo del rigor y la autoridad se presentan como únicas posibles. Tal cosa ha sido histórica.  ¿Qué significa histórico? Me pregunto.

Advirtiendo la situación anterior, me llega una nota al Facebook publicada por Eduard Punset en la que responde a una pregunta: ¿Cuántas realidades existen? Me parece pertinente en el hilo que sigue esta reflexión y por eso he decidido transcribirla a continuación.

En los anales de la pintura llamada naïf –tal vez por su proximidad a la manera de ser de los niños–, hay un cuadro del que fue, probablemente, su pintor más excelso, el haitiano Obin, titulado Pont-médisant sur la route de Millot. Un personaje montado a caballo atraviesa el puente, indiferente a lo que allí se cuece. Apoyado en la baranda de la izquierda, pero de pie, alguien mira al animal como si allí no se barruntara nada, mientras que, sentado en el lado opuesto, otro le habla a una moza de a pie a poca distancia. En el cauce del río, unas plantas verdes animan algo el escenario. Y nada más.

naif

En el cuadro está todo lo imprescindible para montar un relato. Alguien que medita; otro que se desplaza a alguna parte; un tercero que le dice algo ininteligible a una joven en busca de compañía. El pintor oriundo del norte de Haití quiso decirnos «no hace falta más para liarla», basta la fase del chismorreo y la maledicencia. Es una visión tranquila del mundo que nos rodea. No pasa casi nada. Nadie vitupera a nadie. Es lo que aparenta ocurrir cuando se ignora –no tenemos más remedio por nuestro tamaño– la truculencia del mundo microbiano. Somos demasiado grandes para percibirlo y demasiado pequeños para concebir la vida galáctica.

El Pont-médisant… representa más de un 90 por ciento de la realidad. Es la vida antes de que estallen en algunos lugares muy localizados el furor y la desvergüenza: como en Iraq, Afganistán o el Congreso de los Diputados. La casi totalidad de la existencia transcurre en un silencio amoroso: gente que se saca unos a otros los piojos mientras sonríen; ojos penetrantes que desde un banco de piedra miran al río bajar a la mar; conductores de trenes de cercanías que, cuando les dejan, disfrutan del paisaje que va desvelando la máquina; tímpanos apacibles de médicos escuchando los latidos de un corazón ansioso; los entramados emocionales idénticos de los niños y sus mascotas descubriendo el mundo todavía inexplorado; y el esplendor vegetal.

Es cierto, muy de vez en cuando estalla una guerra llamada ‘mundial’ en un lugar muy localizado y se enzarzan a tiros los que estaban sentados en el puente contemplando cómo fluía el río. Es cierto que, en lugar de chismorreos amorosos, hay quien de pronto le grita al de enfrente que está violando el orden natural o el fabricado por ellos mismos. Súbitamente se congregan muchedumbres que parecían invisibles para aplaudir a uno de los dos bandos; rara vez superan el millón de personas de los seis mil millones que se han contabilizado hasta ahora. Pero la práctica totalidad de los medios escritos, visuales y digitales se concentra en el alboroto que están provocando esos cuatro gatos y lo amplifica al relatarlo.

La realidad, no obstante, sigue siendo de forma abrumadora lo que el pintor naïf Obin reflejaba en el cuadro Pont-médisant… Muy por encima y mucho más allá del griterío de unos cuantos, irrumpe y desborda todos los escenarios el descubrimiento de que el caballo siempre procura complacer al jinete; la constatación de que el burro es mucho más afectivo e inteligente de lo que esperábamos, pero que le gusta hacer burradas; la confirmación del universo colosal que está descubriendo con sus primeras palabras la pareja flotando en la orilla izquierda del río, y la contemplación del observador pensativo que con su curiosidad inicia en la otra orilla la transformación de la naturaleza y la revolución científica.

Little birds¿Tanto cuesta desenmascarar a los ruidosos pregoneros del insulto y del dolor? Se diría que su realidad es la única que existe, cuando representa una ínfima parte de la misma.

Comunidades que aprenden enseñando

wikiOdawiki (Objetos digitales de aprendizaje) es un espacio colaborativo en el que los integrantes de la comunidad educativa, profesores, alumnos y padres, podrán participar de manera solidaria con el fin de explicar lo que son los Objetos Digitales de Aprendizaje (ODA), compartir las experiencias que hayan tenido en este campo y añadir artículos sobre la temática de cada objeto de aprendizaje. Este gran documento es muy sencillo de utilizar y en él todos los interesados pueden aportar textos, enlaces, documentos digitales, etc.

De esta forma, cualquier usuario podrá acceder, crear, interaccionar, corregir y comunicar, con rapidez y libertad, sus ideas, prácticas, investigaciones, contenidos y colaboraciones sobre ODA en un espacio digital de comunicación en el que encontrará apoyo y cooperación por parte de otras personas que tengan similares inquietudes.

En definitiva, el Centro Internacional de Tecnologías Avanzadas (CITA) de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez pone esta herramienta digital al servicio de las personas interesadas en mejorar la integración de las TIC en la educación.

El polen

polen

Las plantas con semillas, llamadas espermatófitas, generan unas microsporas necesarias para su reproducción: el polen. Las plantas cuya polinización se realiza con la ayuda del viento -las anemófilas- producen un polen seco y poco denso, muy pequeño o con sacos aéreos que facilita su transporte y diseminación por el aire. En cambio, las plantas que aseguran su polinización con la ayuda de animales como las abejas o los escarabajos -plantas zoófilas- generan un polen aceitoso muy nutritivo que sirve de recompensa para la ayuda que reciben de estos animales.

Fuente: Dartmouth Electron Microscope Facility

Las emociones que hacen ciencia

Mi amigo Darío Aramburo me hizo llegar el siguiente artículo de Enrique Margery Bertoglia que cito a continuación:

“Un caminante despreocupado salta al escuchar el ladrido feroz del perro que viene a su encuentro. Presa de una fuerte reacción emocional, su corazón palpita con fuerza, su respiración se acelera y su cuerpo experimenta una oleada de impulsos endocrinos, metabólicos, motores y sensoriales.

Por su etimología, la emoción es movimiento (del latín emovere : sacar de lugar o sacudir). Una serie de cambios se desatan en el ser humano y en el perro: la atención está concentrada en el otro y todo el cuerpo se prepara para la huida o el ataque. En ambos, la agitación aparece como una serie de mecanismos puestos en marcha al servicio de la supervivencia: su función es ayudar al organismo a seguir vivo.

Las emociones toman las “superautopistas” del cerebro y canalizan información prioritaria, y el cuerpo del caminante responde antes de que este tenga conciencia plena de la situación. Frente al perro, somos “secuestrados emocionalmente” por nuestra respuesta, a sabiendas de que una evaluación prolongada de la situación puede costarnos muy cara en una emergencia. Gracias al trabajo de eminentes neurocientíficos (Jerome Kagan, Candance Pert, Joseph LeDoux y la pareja formada por Hanna y Antonio Damasio), las emociones han pasado de ser la oveja negra de la familia cerebral a ocupar un lugar central de interés.

Sentir. La neurociencia se ha enfocado en la interacción fundamental entre cómo pensamos, sentimos y actuamos. Atrás quedó la idea de la emocionalidad como un componente voluble y errático que se debe reprimir en favor de la estabilidad y fiabilidad de la razón y la lógica.

LeDoux señala que las emociones se agrupan en seis expresiones universales: placer, miedo, ira, tristeza, disgusto y sorpresa. Empero, solo para el miedo y el placer han sido identificadas zonas específicas en el cerebro. Por esto, los estudios sobre amenazas y recompensas dominaran los primeros modelos biológicos del aprendizaje.

Las emociones son respuestas orgánicas automatizadas y ancladas en los circuitos más profundos del cerebro: la “piel de gallina”, el rubor, el “vacío en el estómago” y toda una serie de manifestaciones fisiológicas responden a cambios en la presión sanguínea, la respiración, la conductividad cutánea, el sistema gastrointestinal y la actividad eléctrica del cerebro.

Ahora bien, el ser humano está dotado de autorreflexión (la capacidad de pensar sobre sí mismo y sus circunstancias), y su reacción emocional va acompañada de una sensación consciente: aparece el sentimiento (del latín sentire : pensar, opinar o darse cuenta de algo). Así, un sentimiento es una “emoción consciente”, como ocurre al sujeto cuando, más allá de la reacción orgánica que lo electriza, nota que “siente miedo del perro”.

Para Antonio Damasio, las emociones son procesos biológicos que dependen de mecanismos cerebrales innatos, depositados por una larga historia evolutiva (una colección complicada de respuestas químicas y nerviosas). Por su parte, los sentimientos son respuestas culturales (preocupación, frustración, optimismo, etcétera), modificables en función del aprendizaje.

Tras su accidentado encuentro, el caminante y el perro huyen y cada uno sigue su camino. El perro encuentra a un trabajador sentado a la sombra de un árbol, comiendo un emparedado (el animal olfatea, merodea, mueve la cola y espera que le arrojen un mendrugo); el caminante distingue una feria a lo lejos y apura el paso alimentado por la curiosidad. Así, las emociones no sólo son esenciales para reaccionar ante las amenazas del entorno sino también son el impulso que nos alienta a encontrar cosas nuevas.

Historia. Hace más de 200 millones de años aparecen los mamíferos en la Tierra. Cubiertos de pelo y dotados de glándulas capaces de producir leche para alimentar a sus crías, su temperatura corporal y cerebral es constante e independiente de la temperatura del ambiente. A lo largo de millones de años, el tamaño de su cerebro aumenta y su cuerpo se yergue del suelo por el que arrastran la panza sus predecesores, los friolentos reptiles.

Un cerebro grande y un cuerpo ágil y erguido permiten a los mamíferos trascender las fronteras de sus ecosistemas y convertirse en viajeros, con una mirada curiosa puesta en el horizonte. Hace cientos de millones de años, el cerebro del mamífero primitivo ve nacer la chispa de la curiosidad, un componente de la conducta alimentado por los mecanismos de la emoción.

En nosotros, la curiosidad encuentra su forma más elevada: enciende la necesidad de explorar lo desconocido, de maravillarse al establecer conexiones entre las cosas y detectar patrones donde solo parece haber fenómenos dispersos.

Así, las emociones del placer y la sorpresa despiertan el sentimiento del querer conocer: el investigador paleolítico desmenuza y vuelve a armar, ensancha las fronteras de aquello que estudia y cada conocimiento abre nuevas interrogantes. La emoción es tanto la fuerza que impulsa su indagación como una promesa que lo espera junto al siguiente descubrimiento.

Jerome Kagan sostiene que “los racionalistas que están convencidos de que los sentimientos interfieren con las elecciones más adecuadas, se encuentran muy atrasados al respecto. Confiar solamente en la lógica, sin la capacidad de sentir llevaría a la mayoría de la gente a hacer muchas cosas estúpidas”.

Curiosos. Es bien sabido que ser capaces de explicar la necesidad de hacer algo, desde lo racional, no garantiza para nada que lo hagamos. Son las emociones las que dirigen la atención y ayudan a la razón a centrar la mente y fijar prioridades. Por esto, el biólogo chileno Humberto Maturana afirma que la emoción –no la razón– es lo que nos impulsa a la acción.

En la misma línea, Eric Jensen (autor de Cerebro y aprendizaje ) apunta que escuchamos a nuestro lado lógico y decimos: “Fija un objetivo”; pero nuestras pasiones son las que nos cargan con la energía requerida para actuar sobre ese objetivo. Por su parte, Antonio Damasio (autor del famoso libro El error de Descartes ) ilumina emocionalmente la máxima del filósofo francés, trocando su “pienso; por tanto, existo” por un “siento que pienso; por tanto, existo”.

Tal y como señala Charles Sherrington (premio Nobel de Medicina en 1932), la curiosidad y la pasión por comprender nos llevan a hacer ciencia, un hacer cuyo ingrediente básico es la emoción.

En 1990, un exultante Edward O. Wilson recibió el premio Crafoord ( “Nobel flotante” que se confiere en disciplinas que no se corresponden con las categorías del premio original). Ocho años después, el célebre biólogo norteamericano apuntaría en su libro Consilience : “Sin el estímulo y guía de la emoción, el pensamiento racional se enlentece y desintegra. Hay teoremas puros en matemáticas, pero no pensamientos puros que los descubran”.

Después de todo, somos mamíferos, es decir, viajeros curiosos, y la emoción es el soplo que saca chispas de nuestra curiosidad, nos empuja a conocer y nos vuelve científicos sentimentales.”

Bendito factor de impacto

Un debate está en el caldero: ¿Cómo se juzgan y diseminan los datos científicos?

Un estudio coherente que presente resultados espectaculares y por lo tanto muy “llamativos” puede terminar en Science o Nature; al mismo tiempo, otro estudio parecido que obtenga resultados negativos o menos contundentes, aunque esté mucho mejor realizado (por el tamaño de la muestra o la complejidad del modelo que siguió, por ejemplo) y por tanto se aproxime más a la realidad, termina publicado en revistas de menor impacto  ¿Qué está pasando?

La carrera profesional de un investigador y sobre todo la capacidad para acceder a fondos de investigación que nutran a su equipo, se valora en gran medida por el factor de impacto de las revistas científicas en que logra publicar sus trabajos, un índice que marca el prestigio de cada publicación y la repercusión de los artículos que en ella aparecen.

El factor de impacto de una revista es un parámetro publicado anualmente por el “Institute for Scientific Information” (ISI), basado en el número de veces que se cita por término medio un artículo publicado en una revista determinada. Actualmente, uno de los criterios que se consideran para juzgar la calidad de una publicación es el índice de impacto de la revista en la que aparece. La definición exacta de factor de impacto es la siguiente:
A= Número de veces que las revistas fuente del ISI han citado durante el año 2007 artículos publicados por la revista X durante el periodo 2005-2006
B= Número de artículos publicados en la revista X durante el periodo 2005-2006
C= Factor de impacto de la revista X en 2007:
C = A/B

En un interesante artículo titulado “Why Current Publication Practices May Distort Science” publicado el 8 de octubre en PLOS Medicine, los autores haciendo uso del concepto económico de “Winner’s curse” (la maldición del ganador) según el cual el ganador en una subasta siempre suele pagar un precio superior al real, muestran cómo en la “subasta por publicar sobre un mismo tema en una revista de alto impacto” de todos los estudios metodológicamente bien hechos que existen, llegan a las grandes revistas científicas los que presentan unos resultados más escorados.  Esto en la práctica ha conducido a que, por ejemplo, en un estudio realizado en 2005 que analizó 49 de los estudios clínicos más citados entre 1990 y 2003, y que habían aparecido en las tres revistas médicas de mayor impacto (New England Journal of Medicine, JAMA y Lancet), un tercio de éstos habían sido rebatidos al poco tiempo por investigaciones posteriores.

Los autores proponen una serie de medidas que citaré a continuación:

1. Aceptar el sistema actual.

2. Promover la rápida publicación digital de todos los artículos que no tengan ningún defecto con independencia de la “importancia percibida” en los resultados.

3. Adoptar criterios de publicación que prefieran los resultados negativos antes que los positivos y ser muy exigentes con el criterio de la reproducibilidad para que los positivos puedan ser publicados.

4. La selección de los artículos para la publicación en los revistas de alta visibilidad debe estar basada en  la calidad de los métodos del estudio, su puesta rigurosa en práctica  e interpretación astuta, con independencia de resultados.

5. Adoptar procedimientos de publicación de reclamos o incoherencias en artículos publicados en prestigiosas publicaciones.

6. Modificar la práctica actual de elevar y de incorporar datos más extensivos  para acompañar los artículos en el formato impreso o para ser accesible en los formatos atractivos asociados a los diarios de alta calidad: que combinan magazine con archivo en las publicaciones.

7. Promover las revisiones críticas, los resúmenes, y los resúmenes de las cantidades grandes de datos biomédicos que se generan actualmente.

8. Ofrecer incentivos para los trabajos independientes, novedosos y verdaderamente heurísticos, en detrimento de los trabajos más gregarios y rutinarios.

9. Reconocer explícitamente el papel que juega la publicación en las decisiones de financiamiento y en la carrera del científico.

10. Modular las prácticas de la publicación basadas en la investigación empírica, que pudo tratar correlativos de resultados acertados a largo plazo (tales como reproductibilidad, aplicabilidad, nuevas vías de investigación que se abren) de artículos publicados.

Está claro que hay un imperativo moral que demanda el mejoramiento del sistema para que el juzgamiento y la verácidad de los datos científicos cada vez sea mejor. No sería bueno esperar a que aparezcan crisis de credibilidad para adoptar medidas que conduzcan a estas mejoras.

Como dice Pere Estupinyà en sus Apuntes Científcos a manera de dato colateral no significativo: “El martes pasado regresaba a casa con un postdoc del NIH que escanea cerebros con imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI). Él estudia el cerebro enfermo, que es mucho más fácil de abordar que el cerebro normal. Comentamos la fiabilidad en entredicho del fMRI como herramienta para investigar nuestro comportamiento. Le pregunté: Rebecca Saxe del MIT me dijo que la gran mayoría de estudios están mal hechos, analizan zonas del cerebro poco específicas, y dan resultados exagerados. ¿Es cierto? “Sí, hay un boom en esto, se publican muchos artículos poco rigurosos”. “¿pero incluso en Science y Nature?”, insistí. Os prometo que echó una carcajada y contestó “hombre desde luego! Esos los que más!””

Neurobiología

En la última emisión del programa REDES de Eduard Punset, se habló de la plasticidad cerebral, un concepto interesante que permite relacionar nociones del psicoanálisis con los de la biología neuronal.

La plasticidad cerebral es la capacidad del cerebro para remodelar las conexiones entre sus neuronas. Está en la base de los procesos de memoria y de aprendizaje, pero a veces también interviene para compensar los efectos de lesiones cerebrales estableciendo nuevas redes. Estas modificaciones locales de la estructura del cerebro dependen del entorno y la experiencia, por tanto le permiten adaptarse.

Estamos programados para no estar programados, para ser únicos.