Elecciones

Han sido las elecciones al Congreso en Colombia. También, se celebraban las consultas internas de diferentes partidos o coaliciones para escoger su candidato a la presidencia de la república. En estos tiempos que corren es legítimo sentir miedo. Mucha gente lo manifiesta en sus opiniones y en la lógica azarosa que siguen sus actos.

El miedo es legítimo pero no es un buen aliado para decidir el voto. El miedo no deja escuchar los argumentos del contrario y los que azuzan a la fanaticada encuentran ahí el estado ideal para manipular y sacar ventaja de sus intereses; intereses que suelen ser pequeñitos y destinados a engordar sus propios patrimonios.

Hay que sosegar los ánimos, aparcar las emociones, buscar que los candidatos representen un crisol del ideas amplio y diverso como lo es el país. La cuestión no debería ser dicotómica. El mundo está en una encrucijada que está desencadenando crisis que pueden volverse sistémicas y de ahí nadie saldrá bien librado.

La democracia liberal es un buen invento y está siendo amenazado en muchas partes por el tribalismo, el nacionalismo y las tentaciones autoritarias. Les invito a que no busquen a las personas que resuelvan la encrucijada como quien busca un redentor para encontrar alivio y sosiego. Eso puede ser tranquilizador pero es muy peligroso. La política va de otra cosa y es bueno recordarlo. La política va de ser capaces de organizarnos para gestionar la esfera de lo público en las sociedades. Se necesita a alguien que dirija una partitura colorida y amplia que represente a la mayoría y cuide con mimo los espacios de las minorías. Ese es el juego.

Permitamos que se abra un espacio de escucha.

Anuncio publicitario

Una sociedad enferma

Hace unos días asistimos a un debate de los precandidatos presidenciales de Colombia. Para ser más precisos al debate entre algunos de los precandidatos presidenciales de Colombia. En medio de la mecánica del debate, pensada para ofrecer un espectáculo que alimente las emociones del espectador, me llamó la atención que cada uno tenía una historia personal como víctima de la guerra que el país ha naturalizado bajo el eufemismo de conflicto armado. También, me llamó la atención cómo el público, convertido en hincha fanático de una causa, asumía la lógica de la guerra en la que el dolor del otro, si es el enemigo, no es igual que el propio dolor y actuaba en consecuencia aplaudiendo o vociferando frente a la confesión dolorosa del adversario.

El pacifismo es el camino para ir curando las heridas profundas que están gangrenando la vida en sociedad. La eliminación del contrario se ha ido legitimando y hoy parece que siempre hay una razón que justifique su desaparición. Tan profunda es la herida que expresiones como «la vida es sagrada» que en su momento trasladaban un sentido, hoy no son más que un reclamo publicitario hacia un movimiento político; y muchos ciudadanos atrapados en esa lógica de la guerra, prefieren huir hacia adelante como zombis que alientan un país solo para los que piensan como ellos, aunque en el camino se siembre dolor y muerte, incluso su propia muerte.

Esta sociedad enferma no necesita más espectáculos que alimenten la lógica de la guerra. La función social de los medios de comunicación no es la de preparar el campo de batalla. Este país enfermo necesita aprender a apreciar desde el silencio el dolor del otro, del vecino, del paisano. Hay que ofrecer el ambiente propicio para entender los argumentos de cada uno, para juzgar sus propuestas, para tomar una decisión de voto, para comprometerse con la sanación de Colombia.

La vida es dura y nuestra

PÁJARO DEL MUNDO

Como un suave relámpago
como sonreír entre la luz.
Cabeza de claro fuego,
oro vivo, pájaro del mundo,
tú te vas siempre. Dejas
dorado el aire, ríes,
huyes siempre veloz.

Oh sed, secreto del hombre.

Mundo de secano. Centro.
Atados con amor a él
esperamos la muerte.
Pero la belleza azul
cruza lejos. Se va.
¡Cuánta sed, cuánta sed!

Oh confusión de luz
y cabellos y risa:
queda. La vida es
dura y nuestra.
Tú, Belleza,
baja a mi rostro, pon
en mis labios tu cuerpo.

ANTONIO GAMONEDA
(De  ‘Sublevación inmóvil’. 1953-1959)

Foto de Aztlek tomada de Flickr

El bus de la navidad

Queridos lectores,

que la felicidad de estas fechas llene vuestros corazones con recuerdos especiales del año que se va y maravillosas esperanzas en el año nuevo.

La foto la tomé en una calle de Puerto Príncipe. Allí son famosos los tap tap: una especie de colectivos o minibuses hechos sobre el chasis de una camioneta y decorados con dibujos y mucho colorido.

La fragilidad de lo cotidiano

Los recuerdos están construidos de pequeños momentos. Esta colección de situaciones va tejiendo el día a día.

El siguiente vídeo dirigido por William J. Hoffman presenta una serie de momentos de apariencia intrascendente.  Imagenes que nos resultarán conocidas y que van configurando la vida.

Julián Gallo define estos momentos como imágenes en tiempo de paz e invita a pensar en la fragilidad de este tesoro hecho de pequeñas cosas.  Estoy de acuerdo.

Responsabilidad con la realidad

Una de las «ocupaciones de esta bitácora» es la de proponer puntos de vista sobre la idea de desarrollo.

El sentido de responsabilidad de cada uno sobre la realidad que habita es una de las condiciones imprescindibles para alcanzar niveles aceptables de ciudadanía y democracia.  En los proyectos de cooperación al desarrollo no es fácil romper el ciclo perverso de «ayuda» que objetiviza al «otro» y lo convierte en un cosumidor de asistencia.

Malecón de Santo Domingo

Hoy he leído un breve artículo de Andrés Schuschny en el que analiza el carácter ontológico de la realidad y propone un enfoque moral que vale la pena tener en cuenta.

¿Hasta qué punto cada uno de nosotros es responsable de conformar la realidad económico-socio-ambiental que nos circunda?. La realidad es un pálpito colectivo que late en cada uno de nosotros, estoy convencido que es una creación de la que todos somos responsables, y por eso, nuestra intervención, en cualquier ámbito o escala que consideremos, es parte de su constitución. Nuestros pensamientos y acciones por insignificantes que parezcan contribuyen a afirmar y revalidar la situación que nos circunda. No basta con observar y criticar a los demás, a la política, a los ricos, al corrupto de turno, etc., si no somos capaces de ponernos en cuestión y darnos cuenta que, por infinitesimal que parezca, nuestra forma de involucrarnos en la realidad, tanto a través de nuestras acciones como de nuestros pensamientos, es responsable de constituirla y cristalizarla.

Toneladas de tinta y papel se insumen intentando explicar cómo deberían desarrollarse las naciones. Los anaqueles de las bibliotecas están plagados de recomendaciones de políticas sociales y económicas que tratan al desarrollo sólo a partir de sus aspectos cuantitativos mensurables. Los problemas sociales y económicos que nos aquejan a nivel global, no son sólo producto de la escasez de recursos materiales o de la perversidad que nos infiere la naturaleza, sino de nuestra deficiente condición para darnos cuenta que cada uno de nosotros es arte y parte de tales problemas.

Estoy convencido de que el desarrollo, en un sentido integral, debería ser pensado como un proceso que involucra elementos, no sólo económicos y sociales, sino que también incorpora aspectos culturales, psicológicos, ambientales y (por cierto) espirituales. Esto es lo que he tratado de explicitar en muchas entradas de este blog.

Es necesario poner al ser humano, a cada uno de nosotros, en el centro de todo el proceso generativo de la realidad, como sus actores-productores, es necesario dejar de pensar en la realidad de un modo objetivable. Más allá del grado, TODOS SOMOS RESPONSABLES.

Tomado de: Humanismo y Conectividad